El Chevrolet modelo 1939 de Ira era negro, un cupé de dos puertas, y muy bonito.
[...] había pertenecido a la abuela de alguien, y sólo tenía diecinueve mil kilómetros cuando Ira lo compró, en 1948. Palanca de cambios en el suelo, tres velocidades y la marcha atrás en el lado izquierdo, parte superior, de la H. Dos asientos independientes delante, con un espacio entre ellos lo bastante ancho para que un niño pequeño se colocara incómodamente. Sin radio ni calefacción. Para abrir las aberturas de ventilación, bajabas una palanquita y las aletas se alzaban delante del parabrisas, provistas de una red metálica para impedir que entraran los insectos. Muy eficaz. Ventanillas herméticas con su propia manivela. Asientos tapizados con aquella tela vellosa de color gris ratón que llevaban por entonces todos los coches, estribos, maletero grande. La rueda de recambio, junto con el gato, bajo el suelo del maletero. Una especie de rejilla terminada en punta, y el adorno del capó contenía una pieza de vidrio. Auténticos guardabarros, grandes y redondeados, y los faros separados, como dos torpedos, detrás de aquella rejilla aerodinámica. Los limpiaparabrisas creaban un vacío, de modo que cuando pisabas el acelerador, su velocidad se reducía.
Recuerdo el cenicero, en el mismo centro del tablero de instrumentos, entre el conductor y el pasajero: un bonito y alargado objeto de plástico, con un gozne en la parte inferior que permitía inclinarlo hacia ti. Para acceder al motor, hacías girar una palanca en el exterior. No tenía cerradura, por lo que era posible destruir el motor en un par de segundos. Cada lado del capó se abría por separado. La textura del volante no era suave y reluciente, sino fibrosa, y la bocina sólo estaba en el centro. El arranque era un pequeño pedal de caucho redondeado, con una pieza de caucho corrugado alrededor del cuello. El estárter necesario para arrancar cuando el ambiente era muy frío se encontraba a la derecha, y algo que se llamaba regulador, a la izquierda. Yo no comprendía qué uso podía tener el regulador. Incrustado en la guantera, había un reloj de cuerda. La cubierta del depósito de combustible, en el mismo lado, detrás de la portezuela del pasajero, se desenroscaba como una tapa. Para cerrar el coche, se apretaba el botón que había en la ventanilla del conductor, y al apearte bajabas la palanca rotatoria y cerrabas la puerta de golpe. De esa manera, si estabas distraído, podías dejarte la llave dentro del coche cerrado.
Philip Roth, Me casé con un comunista, pp. 278-9.
Sudamericana, 2006. Trad. de Jordi Fibla.
Cuenta Roth que con este auto Nathan Zuckerman aprendió a manejar, y unos días más tarde se convirtió en el lugar donde se produjo su "primera experiencia sexual". La chica se llamaba Sally Spreen y era pelirroja. [...] sigue>