Lo fotografiable
El mar entró en la casa ajada como el cielo en los ojos del caballo muerto bajo los golpes del hijo del guardabarrera al que las tres incipientes señoritas acudían a contemplar sin falta desde el alambrado del fondo para regalarle monedas y oírle cosas atroces todas las tardes a las cinco ante la aprensión y derrota de Miss Harrington que sin sospechar pulsiones sexuales en sus encomendadas ni bestias de carga muertas bajo yugo de varones se quedaba en la casa a la que entró una tarde de Navidad como un mar sin bagaje histórico. [...] sigue>

