A la memoria y crédito de Aldous Huxley
y todas sus endemoniadas de Loudun
AMO. — Aquí me tienes con la espada desenvainada, caigo sobre tus ladrones y te vengo. Mas... dime... ¿Cómo es que el Autor del Gran Rollo de allá Arriba pudo escribir que tal había de ser la recompensa de una generosa acción? ¿Por qué yo, que no soy sino un miserable compuesto de defectos, tomo tu defensa, mientras que Él te ha visto tranquilamente atacado, maltratado, derribado en tierra, pisoteado... Él, ese de quien se dice que es la suma de todas las perfecciones?
JACQUES. — Mi amo, tengamos la fiesta en paz: eso que acabáis de decir me huele endemoniadamente a herejía.
Denis Diderot, Jacques le Fataliste
Ladraban, Sancho: exorcismo va y viene, contingentes de turistas en tránsito... La capilla del convento se fue convirtiendo en algo muy poco apropiado como cuna de los inefables coloquios entre sor Rita y su director espiritual, el padre Hermann Hesse. [...] sigue>