Su dedo gordo

Releo a los saltos el Orlando de Virginia Woolf en la traducción de Borges. En algún punto temprano de la primera mitad me llama la atención una frase y sin darme cuenta sigo de corrido unas veinte páginas hasta llegar a este párrafo:

A veces en mitad de la frase más importante el papel está chamuscado hasta lo ilegible. En el momento preciso en que estábamos por dilucidar un misterio que ha desesperado cien años a los historiadores, había un agujero en el manuscrito donde cabía el dedo pulgar. Hemos hecho lo posible por compaginar un magno resumen con los fragmentos chamuscados que se salvaron; pero a menudo hemos debido conjeturar, suponer y hasta invocar la imaginación.

Y paro ahí y me quedo pensando en los dedos del viejo, en alguna mala imagen de sus manos que se puede ver en los videos más conocidos. En la mitología de Orlando, en la novela de Woolf, en la traducción de Borges y en lo injustificadamente impreso en estas pocket de Edhasa. Me quedo pensando en todo eso, y en la máquina y en el infierno de nuestro descontento.

Comentarios:

jqn | 24.Ago.2008, 18:50:

estas coincidencias en el día son buenísimas. hoy hablaba de orlando con un amigo. nos acordábamos de cuando llegó la época victoriana y todo se cubrió de niebla o algo así dice, no? aunque este post es de ayer y esto lo hablábamos hoy vale por la distancia la conexión espacio tiempo el hacer clik acá o allá etc

mis saludos

Puck | 24.Ago.2008, 19:22:

Bueno, Joaquín, debés estar refiriéndote a los párrafos que justamente buscaba en mi relectura, tras la vaga idea de haber leído aquí una muy buena descripción de la burguesía occidental... Así que coincidencia reforzada, pues, si te referís a esta nube humedosa:

La enorme nube que pendía no sólo sobre Londres, sino sobre todo el territorio de las Islas Británicas el primer día del siglo diecinueve, se detuvo (mejor dicho, no se detuvo, porque la empujaban de un lado a otro ráfagas tempestuosas) lo suficiente para producir efectos extraordinarios en aquellos que vivían bajo su sombra. El clima de Inglaterra parecía otro. Llovía con frecuencia, pero sólo en aguaceros caprichosos, que volvían a empezar apenas concluían. Brillaba el sol, naturalmente, pero lo embozaban tanto las nubes en una atmósfera tan saturada de agua, que sus rayos eran descoloridos; y púrpuras anaranjados y rojos de carácter opaco reemplazaron los paisajes inequívocos del siglo dieciocho. Bajo ese dosel amoratado y huraño, al verde de los repollos era menos intenso, y el blanco de la nieve estaba sucio. Pero —y eso es lo peor— la humedad empezó a meterse en las casas; la humedad, el enemigo más insidioso, porque si al sol lo podemos excluir con persianas y a la helada con un buen fuego, la humedad penetra mientras dormimos; la humedad es callada, ubicua, invisible. La humedad hincha la madera, enmohece la pava, herrumbra el hierro, pudre la piedra. Tan lento es el proceso, que ni siquiera sospechamos el mal hasta que al levantar una cómoda o el balde del carbón, se nos cae a pedazos de las manos.
Así, de un modo imperceptible y furtivo, sin que nadie supiera la precisa fecha o la hora, el clima de Inglaterra cambió y nadie lo supo. Los efectos se sintieron en todas partes. El hacendado recio, que había despachado alegremente su comida de rosbif y cerveza negra en un cuarto planeado también por los hermanos Adam, con dignidad clásica sentía ahora escalofríos. Aparecieron las mantas, después las barbas; los pantalones se ajustaron bajo el empeine. El chucho de las piernas del caballero se corrió a toda la casa; hubo que enfundar los muebles, tapizar las paredes y recubrir las mesas; nada quedó desnudo. El crumpet fue inventado, y el muffin. El café sustituyó al oporto del postre. Y como el café condujo a un salón y el salón a fanales de cristal y los fanales de cristal a flores de cera, y las flores de cera a chimeneas con repisa y las chimeneas con repisa a pianos de cola, y los pianos de cola a romanzas de salón, y las romanzas de salón (salteando un eslabón o dos) a innumerables perritos, carpetas, y adornos de porcelana, el hogar —que se había hecho muy importante— cambió del todo.
En el exterior de la casa —otro efecto de la humedad— creció la hiedra con una profusión sin igual. Las paredes, hasta entonces de piedra desnuda, quedaron sofocadas por el follaje. Ningún jardín por riguroso que fuera su primitivo plan, se libró de un almácigo, de un "bosque", de un laberinto. La escasa luz que penetraba en los dormitorios donde nacían los niños era, ya se comprende, de un verde turbio, y la luz que llegaba a los salones donde estaban los hombres y las mujeres tenía que atravesar cortinas de felpa violeta o parda. Pero el cambio no se detuvo en lo exterior. La humedad hirió adentro. Los hombres sintieron frío en el corazón y humedad en el alma. En el desesperado esfuerzo por abrigar de algún modo sus sentimientos, agotaron todos los subterfugios. El amor, el nacimiento y la muerte fueron arropados en bellas frases. Los sexos se distanciaron más y más. Por ambas partes se practicaron la disimulación y el rodeo.

La cosa sigue, brillante, hasta la página 170; pero paro acá.

Toronaga | 27.Ago.2008, 15:00:

A mi Virginia Woolf siempre me pareció algo genial.

street trilce | 28.Ago.2008, 03:44:

Con ese ritmo/ especie de neobarroquismo, eh.

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