Karmacoma -Notas de Aluminé.doc

x Rabensteiner, 05.Feb.08
tags: Literatura, Otras cosas, Martin Amis

Aluminé como precisa pecera para hacer interactuar un grupo de personajes. Por lo que pude ver hasta aquí presenta un único problema: tal vez es demasiado perfecto. Metido (como arrojado) en un valle ondulado entre montañas y apenas pisado por el turismo de masas. El paisaje, en sentido topo y geográfico, todo lo ensoñador que se puede imaginar sobre una tela convenientemente agreste. Aluminé es: La plaza central. La terminal de ómnibus. La casa municipal. La comisaría. La oficina de informes. El juzgado de paz (de verdad, hay un juzgado de paz). La estación de servicio 24 horas. Las hosterías, etc. Relaciones cortas, todas ellas, tendidas entre un par de miles de personas. Se accede a Aluminé como a un infierno o quimera similar: senderos y caminos apenas señalizados; curvas de muerte; metros y kilómetros de subir y bajar para desplazarse muy poco si se tiene un destino humano.

En este espacio, nuestro hotel otro organismo en sistema: Hotel Pehuenia, empujando más aún la aliteración hacia escenarios literarios tópicos: El lobby. La recepción. El living. El comedor. El bar. La terraza. El salón de juegos. La sala de conferencias. Las suites. Las habitaciones simples... La disposición de las ventanas es, en más de un caso, excelente para la huida de un asesino, digamos. Pero me urge atajar en lo posible las lecturas más recientes (Leroux: El misterio del cuarto amarillo, London Fields de Amis). Porque los techos del Pehuenia son perfectamente deslizables para un cuerpo más o menos lábil; bastaría poner las patas sobre el alféizar de una ventana, hincar los talones alzando un poco el culo y dejarse caer casi como por un tobogán para aterrizar en el rozagante césped del frente (eso no es pasto sino césped). Y están las salidas: hay incluso dos perfectas "salidas de atrás", de servicio, que comunican sin más a una calle de ripio que no es la misma a la que da la entrada principal.

Debería haber un modo de inocular al menos las relecturas más recientes: London Fields, digo. Gran pericia para confeccionar personajes, Amis. Pues bien, las personas del Pehuenia: El gerente. La encargada de recepción. El cuerpo de mozas del bar y del comedor. El encargado de la barra del bar. Las chicas de la limpieza. El chico que se hace el botones (especie de lumpen con un cartelito que reza "Asistente"; casi seguro un a cambio de plan social a nivel provincial: me acuerdo de haber visto a dos o tres adolescentes con el mismo cartelito en Neuquén capital). Y más: hay también una índole de personal "semi permanente" del Pehuenia: la chica-de-los-frenos a cargo del ciber interno del hotel (cuatro computadoras online pero de uso acotado por horarios); ella y otra chica, más bien una flaca mujer, encargada de reclutar gente para excursiones turísticas de hormiga que aparentemente se hace presente cada dos o tres días y se informa en Recepción sobre nuevos huéspedes, sus edades y orígenes, etc.; ellas dos y también están los proveedores, los del restaurante sobre todo. Una ralea completa pasible de roles o disposiciones que pueden resolver nudos narrativos a la hora de desatarlos en trama.

El gerente del Pehuenia (que se llama Marcelo, nada menos) pasea ubicuamente la clase de heterosexualidad que desentona a los diez segundos de cualquier conversación que dure por lo menos veinte: lo equívoco de las maneras propias de un gerente de hotel pero en serio. La encargada (Isabel), semilla de unos brotes de malhumor que te la debo (incluido un entrecerrarse de su ojo izquierdo como compulsivo). Y la mujer y la hija pequeña del gerente, porteñas arrastradas a vivir al Pehuenia: evidentemente muy mal llevada ahora por su amanerado marido, esa mujer, aunque duerma en la suite principal como una reina: resentida en el recuerdo, que le vuelve y revuelve sobre todo con la contemplación de los turistas, de las tardes con sus amigas de la secundaria en los gyms de Palermo.

Y naturalmente además del personal están los huéspedes. Posibilidades como a la carta. Alcanza un desayuno o una cena para darse cuenta.

Por lo demás las piedras sobre el cauce del río Aluminé las consideré desde el primer momento como adecuados objetos-contundentes para partirle el cráneo a una víctima.

Pero Amarillo, Gastón: El Animalito de Dios no es un gato aquí; es un perro. Una hembra lanuda llamada —perfección, patagónica perfección— Molly. El macho que la corresponde está continuamente atado en una cabaña al lado del Pehuenia. Ladra bastante ese can.

Más personajes: el taxista que nos trajo la otra noche hasta el hotel y que en cualquier caso parece ser el único de todo el pueblo. Seguramente lo es. El móvil no es más que un Duna particular blanco y embarrado con un resabio de sombrerito plástico en el techo que lo denota como transporte semipúblico. Creo que el tipo se llama Sergio. Sergio saludó a todas las personas con las que se fue cruzando en su viajecito hasta el hotel a velocidad de triciclo. Tras recibir el pago nos dijo: "Cualquier cosa que necesiten pregunten por mí en la Recepción." Y está además el fantasma del socio de Marcelo, aparentemente el gerente anterior, propietario de la cabaña donde está atado el amante de Molly. (Esa frase oída al gerente, por teléfono: "Mi socio ahora se encarga de las relaciones públicas". A mí se me ocurre que acaso lo jubiló él.)

Ya el segundo día, la escena del paisano baqueano que se nos acercó a dialogar a la vera del río con su rama lavada al uso de bastón-explorer. El modo en que lo miraban todos al pasar. Las sospechas que nos dejaron sus frases subiéndose entre sí y terminando de golpe. Al rato el fulano gritándole por la ventanilla de su F-100: "Rajá, rajate solito de acá porque te voy a acabar matando si no." El acelere de la chata en persecución y el arco de las piernas del baqueano en súbita polvorosa y de verdad urgida. Chorro o violeta, pensamos, pero nada dijimos. Como un tío Jacques (el arco de las piernas, la nariz, las manos) con reputación de enemigo público del pueblo aunque con la desfachatez, la estupidez o el ansia necesarias para insistirle a estos pagos. Qué policromía de ladridos despertó el tío en su huida.

Y es más, ya que ladridos anoto: qué cantidad de perros interesantes viven en Aluminé. Me dicen que la mayoría son cruzas (y pienso: esperpentos para destajos). Qué concierto de ladridos de alarma para complicarle la fuga a un asesino o buchón, sí.

Sigo. El lobby con los sillones de rigor: rigurosos sillones. Alfombras y cortinas y hogar y piano de media cola. Profusos ceniceros (los ceniceros de todo el Pehuenia, claro, están construidos a base de pesados troncos tallados).

Y paro. Porque es tan cómodo y relajado, tan fácil tomar notas sobre las posibilidades literarias de todo esto. Es sexy; eso es lo que pasa. Y cf. el comienzo de London Fields con el moribundo narrador de Amis festejando la suerte de dar con una historia para ser contada, una, aun, con homicidio incluido. Y me acuerdo de todas aquellas consideraciones de Fresán al respecto, un poco estúpidas, respecto a la bendición de los escritores cuando encuentran una historia. Que hay historias más que escritores y todo eso. Entonces debería preguntarme yo qué tengo entonces acá, a falta de esas dos cosas.

Padezco una deformación profesional flagrante, si me explico: Lo de veras sexy, lo en verdad motor, es la docilidad de mi Thinkpad en cualquier lugar y a toda hora oyendo Massive Attack.

Algunas líneas en blanco más abajo aparece esta cita que seguramente mi paredro incorporó después, atribuida al Jacques le fataliste de Diderot: "Mi capitán decía también que disfrutar de una libertad que sin motivo alguno pudiera ofrecerse sería la verdadera idiosincrasia del maniático."

Comentarios:

Ulschmidt | 06.Feb.2008, 15:33:

¿Leyó "El Evangelio según Van Hutten"? Que Castillo escribió, sin duda, tras estar unos días en un hotel en La Cumbrecita. Retirado ya de Aluminé, le queda el escenario, los personajes secundarios - ya le aparecerán los amantes o el asesino.

franco | 07.Feb.2008, 00:05:

¡Massive Attack! Estás eufórico, Rabensteiner. Eso es bueno para empezar a hacer un libro, saltan tantos peces que no alcanzan las redes y no importa porque igual sobra.

trapecio rojo | 08.Feb.2008, 08:44:

De ubicuidades en medio de habitaciones, música y personajes de films... Ahora que lo pienso, Rabensteiner, imaginar hoteles con algo de fantasmogórico vaivén da cierta melancolía o es uno con el virus de la vaguedad...

Juan Benigar | 19.Jun.2008, 17:39:

A continuación te detallo que fué/es de ese recinto al que llamás Hotel Pehuenia.

Punto nº 1: El presunto "Gerente" llamado Marcelo (de heterosexualidad mas que dudosa) terminó huyendo cual rata por tirante (o por los techos como bien detallas) con la recaudación de la temporada de verano, y ocasionandole al hotel practicamente la quiebra económica y un puñado de juicios laborales.

Punto nº 2: El supuesto socio del Sr. Macelo, quien vive en la cabaña junto al hotel, justamente no es su socio, sino uno de los verdaderos dueños del hotel a quien su sociedad (la dueña de la totalidad del Pehuenia) lo despojó de su cargo (fué el gerente durante 10 años) argumentando que "el hotel no daba plata". Sin embargo el emprendimiento se mantenía al día, sin deudas ni juicios, en armonía y brindando opciones laborales a un pueblo en crecimiento. Que equivocados estaban esos socios queriendo traer a "un gerente de Buenos Aires" que a su entender jerarquizaría el inmueble, pero que en realidad lo fundió.

Punto nº 3: El amante de Molly atado junto a la cabaña tiene por nombre "Chachil" en honor a el cordón montañoso ubicado frente al hotel.

Punto nº 4: Excelente descripción de Isabel, la encargada. Su malhumor ennegreció las paredes del Pehuenia.

Punto nº 5: En consecuencia, el Pehuenia Hotel & Resort fué vendido (regalado) junto con sus deudas y juicios por el 25% de su valor real, a otra sociedad de Buenos Aires.

Sin embargo Chachil continúa alli... ya que él es el verdadero dueño de esos terrenos, y el amo y señor de ese bosque de pinos que lo rodea.

Puck | 19.Jun.2008, 20:05:

Vaya Benigar, cuántas excelentes novedades de nuestro querido sur. Podríamos ir juntando unos mangos como para pisar fuerte en el próximo ventareviente.

Gracias, Juan.

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