Graznido de Nula y Gutiérrez, Vioth y Badaraco, Saer y Cohen

x Puck, 09.Dic.07
tags: Literatura, Citas, Juan José Saer, Marcelo Cohen

Releo La grande, leo El Testamento de O'Jaral. Comienzan ambas con un par de sujetos transitando paisaje. Mi cuervo los otea ambiciosamente en su ponzoña anodina.

Saer arranca así:

Son, más o menos, de una tarde lluviosa de principios de abril, las cinco y media: Nula y Gutiérrez están cruzando, en diagonal, un campito abierto, casi cuadrangular, cerrado en el lado superior, a cuyo extremo se dirigen, por un monte ralo de aromos detrás del cual, invisible todavía para ellos, corre el río.
El cielo, la tierra, el aire y la vegetación son grises, no con el tinte acerado que el frío les da en mayo o en junio, sino con la porosidad tibia y verdosa de las primeras lluvias de otoño que no bastan, en la zona, para abolir el verano insistente y desmedido: los dos hombres, que caminan, ni lentos ni rápidos, a poca distancia uno detrás del otro, llevan ropa liviana. Gutiérrez, que va adelante, tiene un saco impermeable de un amarillo violento y Nula, que vacila con preocupación a cada paso para saber dónde pondrá el pie, una campera roja de una materia sedosa que en la jerga familiar (es un regalo de su madre), debido a su aspecto liso y brillante, llaman en broma tela de paracaídas. Las dos manchas vivas, roja y amarilla, que se mueven en el espacio gris verdoso, parecen un collage de papel satinado sobre el fondo de una aguada monocroma, de la que el aire sería la superficie más diluida, y las nubes, la tierra y los árboles, las masas más concentradas de gris.

(Juan José Saer: La grande, Seix Barral, 1a. ed., 2005.)

Y Cohen, así:

Al principio había un llano, y una leve claridad de otoño, y una vía, una sola, que cruzaba la distancia sin revelar dirección ni sentido. A cada lado del terraplén se extendía la misma intemperie vaporosa, menos verde que azulada, de pasto revuelto por la brisa y tomillo reseco y cardos un poco ateridos, y contra los durmientes agrietados, tapando los tirafondos, la ortiga crecía cómodamente, casi como una prueba de que los rieles nunca habían pretendido ordenar ese espacio. Una hora antes no habría sido fácil decidir dónde quedaba ahí el norte, o el oeste para el caso. Pero ahora estaba el sol, que muy demorado, como si quisiera retirarse y asomar en otro punto, empezaba a subir desde uno de los confines donde la vía daba la impresión de perderse, y le arrancaba a la grava un brillo intermitente como un juego de señales.
En contra de ese centelleo, arrugando el ceño por el vano esfuerzo de interpretarlo, dos hombres avanzaban por un camino de ripio paralelo a los rieles. Si esto fuera un cuadro, podría decirse que habían aparecido por la derecha, como si la niebla los hubiera escupido antes de agonizar en una miríada de hilachas.
Caminaban a buen paso. De uno, que hundía las manos en los bolsillos, no cabe contar mucho porque su papel en esta historia es decisivo, cierto, pero fugaz; sólo que era alto, lento, y que el abrigo de tweed y la barba plateada no le atenuaban el aire de embarazo. El otro, ágil, abundante de fuerza, se movía hendiendo el aire con una mirada verde y refractaria, con el infeccioso morro de barracuda. El polvo del camino no lograba ensuciarle el pelo negro, marcado sobre la oreja izquierda por una larga mota amarillenta, pero se confundía con la untuosa piel marrón. Llevaba zapatos de taco grueso, porque era más bien bajo, traje beige deportivo, maletín en la mano derecha y una corba de seda turca amplia como un babero estampado.

(Marcelo Cohen: El testamento de O'Jaral, Alianza, 1a. ed., 1995.)

Mi cuervo se permite esquemas en sus juegos dominicales a la sombra. Son como planes de vuelo estampados genéticamente. Nula y Gutiérrez, y Vioth y Badaraco / Campito y llano / Río y vía / Gris verdoso, rojo y amarillo, y gris más azul que verde, con brillos centelleantes / Collage y cuadro. Y así.

Y cambia de hombro, mi cuervo. Y su picotear en la sien es cosquilla porfiada hasta volverse calambre. Aviento al pajarraco, entonces, con un pase de manos que esquiva en una finta cansina de plumas negras. Sabe el ave, adivina: Elucubro en helicoide una novela grande como un testamento imposible. Mi novela inhallable comenzará, jamás, con Cohen y Saer caminando juntos por ahí.

Comentarios:

ulschmidt | 10.Dic.2007, 13:41:

Esta por escribir?' Avanti y piu avanti !!!

carlos | 10.Dic.2007, 14:39:

¿Inhallable?¿Vamos a tener que caminar por las vías hasta llegar al pie de un arcoiris? Yo le digo, por los comienzos que ha elegido podría ser una "road novel", o una "picture novel".

Esos enmarcamientos, ya que paso se lo digo... ¿no son como adueñamientos absolutos de la escena? Como si dijesen: no sólo tenés que comprar el libro, abrirlo por la página uno, seguir hasta el final, sino que además te voy a contar la historia entre cuatro listones, o pegadito a la vía (que es mi vía) vas a ir.

Interesante.

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