El problema de las jurisdicciones
Es un taxi a la vera de la autopista en sentido Capital, equidistante al par de columnas que le tocan de modo que la luz es blanquecina y vaga, perfecta para que los listones azules y rojos la corten despacio como a neblina de ley. Se nota fácil que los pocos autos que circulan por ahí a esa hora de la madrugada disminuyen la velocidad porque avistan de lejos esos reflectores y no porque vayan acercándose prudentemente al peaje de Hudson. El oficial Moya mira con orgullo al agente Paredes que sigue sin ningún interés los movimientos del otro.
—El coche está entero —dice Moya abarcando con una mano todo el taxi, desde el baúl casi hasta las luces de la patrulla que está estacionada muy cerca—. Las puertas de atrás con el seguro puesto. Sin seguro las de adelante. La del conductor estaba completamente abierta cuando llegué y el reloj está apagado. Todo indica que iba sin pasajeros.
—El tachero debe estar meando por ahí —dice Paredes, con un lento gesto de la cabeza hacia más allá de la banquina, tan lento y largo que pareciera indicar el río.
—Descartado —dice Moya—. Hace veinte minutos que llegué y además me pegué una vuelta.
Moya bordea el taxi, apoya con cuidado las rodillas en el asiento del acompañante y con la cabeza metida adentro espera que Paredes se acerque a la otra ventanilla.
Paredes tarda.
—La mancha de sangre más viscosa es la del volante —sigue Moya—. Al tipo le dieron con algo contundente o se pegó solo tras una frenada violenta. Pero no se pegó solo con una frenada violenta porque en el asfalto no hay huellas marcadas y las ruedas hacen pensar que se aparcó normalmente por la suya. Y estas manchas aguachentas sobre el parabrisas, ves, de este lado. O sea que tenemos dos sujetos. Este asiento tan adelante, más desplazado que el del conductor, sugiere que estaba ocupado por una mujer.
—Estarán cogiendo por ahí —dice Paredes, esta vez sin siquiera molestarse en indicar dónde.
—O por un menor. Y si hubiera sido una frenada estas manchas deberían ser pegajosas más o menos como las del volante, así que es otro motivo para pensar que fue un atraco o un hecho de sangre entre conductor y acompañante. Y agarrate, Pocho —dice Moya, aguzando la mirada feliz—: Las llaves están ahí escondidas en la visera de tu lado.
—Y este muñeco —menciona más que preguntar Paredes.
—¿Rara, no? —se interesa Moya—. La estatuilla estaba en el maletín que encontré en el asiento trasero. Parece un ídolo o algo así, ¿eh? Tiene algo de pájaro. La saqué para mirarla mejor pero no quiero forzarle la base. En el maletín estaba la estatuilla y unas hojas que dejé ordenadas como estaban, agarradas por una de las puntas de arriba doblada hacia adentro. Parecen cifras y fechas y nada más. ¿Querés verlas?
—Paso —dice Paredes—. Buscá una cajita de fósforos, eso sí.
—Acá está —responde Moya como si lo hubiera estado esperando todo el tiempo, sacándola del bosillo de su camisa—. Bleu Tango, sin otras señas.
—No te digo —dice Paredes.
—Es curioso —dice Moya—. En el dorso hay una mancha. Me la juego que de rouge.
—No te digo —dice Paredes.
—Están todas las cerillas —dice Moya—. El chofer no era fumador.
—Se lo dejamos al FBI —dice Paredes.
—Si es taxi de techo blanco, Pocho —dice Moya como quien arguye definitivamente—. Este caso es nuestro.
Paredes se vuelve a la patrulla. Enciende un pucho y se acomoda para esperar a Moya.


Comentarios:
Qué ganas de joder, este Moya.
Hablando de jurisdicciones, está muy de moda que masculinos comenten en blog masculino y femeninas en blog femenino. Se han ido partiendo las aguas: "las nenas con las nenas" y así. Dicen que todo es porque los masculinos están muy avanzadores y las femeninas muy retrocededoras, o eso parecen querer actuar. Dentro de lo que se sabe, bah, hay mucho que no se sabe, como un gran iceberg.
Es como ocurre en su historia, se sabe poco. ¿La irá a continuar? Me encantan las policiales, yo tengo unas empezadas pero nunca, ni como autor, puedo resolver un caso. Será porque no tengo una teoría de autor?
¿Cómo, no tiene usted una teoría de autor? Porque una del autor sí que tiene.
su sutileza me desmaya
Creo que el inspector Moya está a punto de resolver el caso: el desparecido sería un tal Puck a.k.a. J. Hernán Anganuzzi, secuestrado por tres sujetos de entidad dudosa denominados Rabensteiner, Kullich, y Kaminer.
Saludos.
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