El escorbuto de Mason

x Puck, 23.Ago.09
tags: Literatura, Ficciones, Thomas Pynchon

—¿Encendido velas? Estoy más allá de la luz. ¿Rezar por mí cada día? Estoy fuera del tiempo. Mi buen Charles vivo... carne y sangre deliciosas...

Thomas Pynchon: Mason y Dixon, II, 16.

Las encías le escocían, se encontraba siempre exhausto y quizá dormía demasiado. La piel ambarina junto a una sed insaciable se modularon convirtiéndose en varias manchas púrpura alrededor de los muslos; en ese punto el aliento ya le resultaba repugnante aunque insistiera sin menos asco en enjuagues frenéticos de Madeira caliente. Con los días el peso perdido se había transferido a la contundencia del urogallo que sentía hincado en la parte alta de la espalda y que, con las alas desplegadas, desaceleraba sus pasos hasta persuadirlo de la imposibilidad de discurrir hacia cualquier espacio adelante. De todos modos no se excedía en esfuerzos; se abandonaba postrado sobre el camastro o en alguna silla improvisada del campamento, con poca ropa, sin botas. El solo hecho de mantener quietos los pies disminuía los mareos provocados por las estelas fugaces de los desmedidos gloucesters óctuples rodando veloces y a los tumbos por el piso, una corriente de aire doblemente, dieciséis veces centrífuga que le llegaba sin obstáculos y le sacudía la cabeza en una zozobra gastroespiritual. Parpadear era una escisión vertiginosa: con los ojos cerrados, y por más breve que fuera la pausa del fundido a negro, toda la latitud del globo se subsumía en un vórtice sin estrellas por la linde septentrional de la boca del estómago para hacerlo vomitar los alimentos que era imposible que hubiera ingerido; y si los mantenía abiertos no hacía más que cristalizarse en la autoconciencia que debió encajar el inquietante monolito ante el escándalo y la furia de esos monos que Kubrick puso en las primeras tomas de 2001. Sin embargo, le bastaba posar los párpados a media asta para hurtarse de toda ensoñación y fiebre y convencerse sin reservas, aquí sí, sin figuras de lenguaje o tirones de la fantasía, sin cepos o estructuras de percepción, sin prismas del tiempo o tránsitos ultramundanos, por una vez convencerse sin mediación alguna, aquí sí, sólo aquí, con el mástil enhiesto, dolorosamente duro, de la presencia preternatural de Rebekah recortada en la entrada de la tienda con su solerón amarillo limón, su peinado de domingo, su solaz.

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