Birladas /17: Palermo bajo
Los clientes del Dash'n'Nuts son de los que se amontonan en torno a la barra o la puerta como vacas debatiéndose entre alimento y refugio. Sobre todo a esta hora (bastante pasada la medianoche) el ganado muge en vapores nada favorables para la salud de ningún animal con menos de cuatro estómagos. Yo dejaba hacer y pasaba revista, muy manso en mi sorpresa; con bonhomía permitía que siguieran llegando las ginebras con tónica, de las que dábamos cuenta en mi mesa como quien marca cabezas en el matadero. A mi izquierda Shorty McLaine bebía con prolijidad y tesón, concentrado probablemente en el modo que tenían de caer los ruedos de sus pantalones, y Jane Springs, en la silla del otro lado, daba la impresión de estar juntando aliento para caerle en la falda y burlársele en forma. A esta hora y en pleno enero no tenía sentido telefonear a la Agencia y esperar que me levantaran el tubo, de modo que me acomodé a beber, acompañando a la parejita, para al menos no quitarle el cuerpo a lo que fuera que se estuviera gestando esta noche entre tanta joya del ramo.
El sombrero de ala baja de Shorty, malformado como un huevo, me tapaba buena parte de ese lado del bar. McLaine tiene una cara apepinada jamás a medio afeitar y unas manos peludas pero muy bien llevadas. Los cuentos que circulan sobre él son todos invariablemente ciertos aunque inexactos (digamos: cuatro bancos y cinco estafetas en un solo día en lugar de doce y quince, y así). Los que de tanto en tanto giran alrededor de Jane, en cambio, parecen viñetas aisladas de un comic de onomatopeyas. Jane Springs. Huraña como una adolescente precoz metida en un cuerpo entrado en la veintena, sin la actualización de vestuario que uno esperaría pero en ningún caso lamenta. Sin embargo tanto uno como otra eran suficientemente conocidos en el ambiente como para permitirse compartir la mesa con un sabueso, a las claras y a la vista de todos sus colegas, sin provocar recelo alguno. "Sosbuchón sosbuchón vossísosbuchón", me canturreaba Jane cada tanto, más o menos a razón de una vez por vuelta de tragos, soplándome todo el aliento encima. "¿No querés hacerte mulo, gorrita?", decía cuando suspendía el cantito. Yo corría la cara y aprovechaba para componer una repulsión muy ostentosa y que ella tomara nota, una vez más, de que era mentira. Esa curva y sedosa tan ajustada en su solerita de nena sabe de sobra que jamás me ha provocado rechazo. Cuando se estiraba para zamparme el cantito su corta melena castaña llegaba a derrumbarse un poco sobre mi hombro, y ahí yo le armaba la mueca, le espiaba sucintamente el talle y enfocaba el lomo del enorme pájaro que tenía sentado detrás, en la mesa de al lado. Se trataba nada menos que de Scotish Bob.
Los cables internacionales informaban que Scottie había abandonado Delaware justo antes de la asunción de Obama, recalando en el Río de la Plata como despuntando un absurdo que ningún soplón de América había podido especificar. Se decía que en Delaware él era el único responsable de que los republicanos fueran franca mayoría, desequilibrio que según se supo había conseguido liquidando a todo demócrata con pruritos ante la nueva ley seca. Por supuesto, que hubiera elegido este distrito por puro azar era un pingo que no comía de mi mano. Esta noche las amplias y angulosas solapas italianas de Scottie tenían enfrente a How-and-Who Leary, no el viejo sino el junior, aquel que "depositó" en el Gran Cañón el botín de toda su temporada de invierno cuando la chusma de la ciudad logró cercarlo armada hasta los calzones. Desde mi mesa Leary no parecía loco, ni menos campechanamente eufórico que su compañera Anne Taylor, allí con él, a su lado. La Taylor era la escuálida sureña de pelo entrecano que lo seguía a todas partes como si el fulano fuera Nostradamus. En esa mesa de cuatro, de las pocas mesas para cuatro que se amontonaban contra la barra, los personajes eran apretadamente cinco. Junto a Scotish Bob y Leary y su chica Anne bebían sus ginebras Spencer Hook, el inefable zapatero de Brooklyn, y la robusta Lisa Huge Coyote. Se rumoreaba que estos dos buenos sacos eran primos de sangre, aunque la lista completa de sus estafas por todo el Medio Oeste habían sido perpetradas por lo que los semanarios del rubro llamaban "un matrimonio inseparable" a la usanza de California. Hook estaba muy elegantemente ataviado y su famosa inteligencia lo hacía parecer el primo mayor de Lisa, más bicho que el hambre, recién llegado de la capital del mundo. Y Lisa... bueno, Lisa era la única que fumaba en esa mesa ocupando aún más espacio con el humo de sus cigarros negros.
El jardín de la barra no ofrecía gladiolos más ignotos. De cara al centro del bar, apoyando la espalda en una postura que era difícil suponer muy cómoda, Shiver Whipple se urgaba maniáticamente la bragueta, miraba con estupidez, cada tanto, una amplia zona que parecía residir cerca de mi propia mirada, y elegía nombres de caballos entre las enumeraciones que sus compañeros de banda le dictaban como pasando quiniela. A primera vista parecía tratarse de los hermanos Lagerquist, pero bastaba soportar los manoseos de Shiver en sus genitales y mirar mejor a los de los burros para reconocer sin dudas a Murbone the Duck y Collin Ryan. Personalmente me alcanzó el estómago para una sola vez y esa primera y única verificación, más que nada en lo que respecta a Ryan, me recordó en seguida la tan mentada falta de monedas en todo el territorio nacional durante los últimos meses. Los mejores alfiles de la banda de Shiver estaban sentados de costado en los bancos altos, ambos en dirección al jefe; parecían monociclistas de feria anunciando fenómenos. En ese suntuoso desfile quieto, a la cola de Murbone y Ryan y siempre sobre la barra, cualquier poli del continente podía añorar las mejores leyendas del tráfico de estupefacientes seducido por las estampas de Tony Dos Passos, Jack Lebron, Daddy Zambrano y demás. Era un hecho que toda la maldita crema untaba esta noche al Dash'n'Nuts. De los fulanos insignes que se habían acomodado por el lado de la puerta tenía una conciencia general, no particularizada pero flagrante en el coco como la formación de tantísimos dólares del Manchester United. Equipos que se descuentan muy caros en cualquier temporada porque donde se encuentra el mango se halla el oro.
Así la concurrencia y la velada, más o menos a la tercera o cuarta vez que Jane me lanzaba su "Sosbuchón" y aun percatándome del peligro sobre mi pellejo, decidí darme una vuelta por los baños para ensayar posibles vías de escape. Y entonces como un teclazo, eso o algo muy leve, pareció impulsar hacia arriba el piso de listones del Dash' cuando me puse trabajosa y un poco agazapadamente de pie: estafadores, chulos, traficantes, asesinos, violadores y secuestradores estrella, todos los burros y los pájaros y las vacas de la barra y las mesas, el infierno todo, se levantaron de un salto empuñando revólveres, pistolas, cuchillos, bastones, facas y alguna que otra escopeta. Creo que hasta el volumen de los televisores se desvaneció de golpe en ese segundo, justo a la mitad de la sacudida del piso hacia arriba con todos los títeres armados apuntando en mi dirección. Apenas cerré los ojos quebrando las rodillas cuando los estampidos llenaron el local. Un desmadre completo.
Al rato pude levantarme del piso. Bastante atrás mío, en el codo de la puerta y bañando en sangre su traje de paisano, el único y esponjoso cadáver del sargento Moreno parecía un mirlo reventado por un amanecer instantáneo. La reputación siempre nos precede hasta que un envión pueril nos impulsa a sobrepasarla y dejarla atrás como a los años perdidos. Se trata de formas especiales del ridículo, y ni siquiera el ridículo vale el plomo.
Me fui sin pagar y, claro, sin Jane.


Comentarios:
¡Puck!, muy vívida la narración, con la cinemática de Los imperdonables o es decir con las coordenadas de aquella, sí. Luego veo en tu tags a Dashiell Hammett, pero me quedo con la sensación de un western noir, algo totalmente contemporáneo, eso sí, con su alusión a Obama, con el trajinar y el deseo en combinación, por el escote de la muchacha de la melena corta. Por los personajes moviéndose entre el humo y el noise. Aaah, cómo se siente una, dentro de la Birlada. El sonido irruptor de los disparos.
El aliento visual, a reminiscencia de viñeta. La fuerza del relato elevada y entregada.
(Insertar imágen mía aplaudiendo como un nabo frente a la pantalla)
Como quien dice, me cagué de risa. Ambiente de historieta en blanco y negro de no sé qué historietista español de los '70. Felicitaciones, Puck.
Excelente, Puck. Excelente...
Paso recién hoy porque se conoce que ando con lecturas atrasadas.
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