Birladas /13: Exhausta serpiente (Historia de amor)
—Sí, supongo que una vez sí —aceptó Puck.
—Ya me parecía —festejó H., acodándose sobre la mesa.
—Como quieras, pero olvidate de las estructuras bellas. Ahorrame toda hermenéutica psicológica, por favor.
—¿Pero fue realmente amor?
—Oíme bien: yo estaba enamorado de esa mujer. Ahí tenés. Aceptarlo no me resulta en orgullo, así que si no me obligás a repetírtelo, tanto mejor.
—Bueno. Pero qué pasó. Cuándo.
—Cuándo, cuándo. Ustedes los escritores no pueden pensar ninguna cosa sin meterla entre dos puntos.
—Yo no soy ningún escritor, Puck —saltó H., separando los codos.
—Les enfants qui mentent ne vont pas au paradis.
—No sé francés, además. Y soy argentino, y como todo el mundo sabe no hay escritores argentinos que no sepan francés. Por lo tanto no soy un escritor.
—Los nenitos que dicen mentiras no van al cielo.
—Me enoja tanta gente que se piensa escritor y así espera que lo llamen. Con mala fe o de la otra, cosa que resulta todavía peor. La verdad no sé si me enojan o me dan risa.
—Ya sé. Pero mirá, no conozco una sola persona que no se ponga a escribir después de haber leído digamos... digamos unos cincuenta libros. Esos no son escritores; se les pasa. Por ahí descubren Greenpeace o el control mental o la jardinería oriental y chau, a otra cosa. Dejan de escribir poemas, y los hay en verso y prosa pero siempre poemas, porque encontraron otro pasatiempo que los hace sentir diferentes.
—Puetas —dijo H.—. No es mi caso.
—Claro. Tu caso es menos pueril pero no mucho menos. Pasa que también hay escritores mediocres.
—Gracias. Pero no. Lo mío es la programación.
—Decime, H. ¿Curtís bonsai?
—No.
—¿Leíste más de cincuenta libros?
—Por Zeus, Robin, ciertamente que sí.
—Entonces, ¿sigo?
—No. Estabas por contarme tu enamoramiento.
—Nada de "enamoramiento". Última vez: yo estaba enamorado de esa mujer.
—A ver.
—Una noche llegué a su casa y la encontré hecha una fiera y una furia. Qué te pasa. Nada. Pero qué te pasa. Nada. En fin, ya sabés. Le doy un beso en la oreja. Dejame. Pero che, qué corno te pasa. Nada. Nada y nada. Y la verdad, H., no pasaba nada. A no ser una indiferencia de rencor, algo como un tedio de odio. Un desdén gris. Y mirá que yo en esa época era un buen chico. Digo, que ella no tenía nada que reprocharme.
—La mina iba a decirte que te abandonaba, claro. Estaba preparando el estofado.
—En absoluto.
—¿Entonces?
—Pará, escuchame. Así estuvimos como dos horas. Ella la dama despechada ofendida indignada y yo, yo el canalla. Sólo que no se manifestaba el por qué. Entonces me arrimo, sin tocarla, y le digo que la quiero. No te rías. Se lo dije. Así nomás, le dije: "Te quiero." Y ella me mira con ojos cercanos por una vez.
—Dale, Puck.
—Sí. Me agarra una mano, me pide un cigarrillo. Le doy la mano y el cigarrillo, y ella se acomoda en el sillón, un poco verde, quiero decir el sillón, contra la pared. Advierto que se está preparando para explicarme el por qué de su mufa y yo, apercibido, hábil ya en esas lides de sofá jamás catrera, le doy un beso en la otra oreja y le pregunto qué hizo al mediodía para desviarla y que no me explique un soto. Se sabe que esas cosas, a cierta altura, ya no sirven para nada. Andá a explicarle Waterloo a Bonaparte. Pero, ay, fue peor. Astuta, ella se da cuenta del truco y me cuenta, aplacando mi cándida curiosidad mal construida, que a eso del mediodía estuvo lavando ropa. Es decir: había puesto a funcionar el lavarropas, que era automático, y después se puso a planchar. Fijate vos qué chica hacendosa. Y yo no sé si vos conocés esos lavarropas, H. Parece que hacen todo por sí mismos, chupan y escupen agua fría y caliente, absorben jabón, racionan acondicionadores, centrifugan... En fin, un aparato del diablo. Pero lo que mi chica olvidó, desgraciadamente para mí y luego sólo para ella, fue colocar la manguera de desagote donde correspondía. Sobre la tapa del tambor del cubo, la manguera una serpiente exhausta. Se dio cuenta de su olvido cuando la víbora empezó a expedir agua por debajo de la puerta del baño. Propiamente una inundación, un enchastre completo. ¡Agua, agua! Y odio, un odio negro. Todo eso me contó, más o menos como te lo cuento ahora sin mencionar la serpiente, pero hecha una cólera como quien exige justicia al cielo. Al parecer había estado toda la tarde puteando y secando y encerando el parqué del comedor. Ahí comprendí que su desdén para conmigo se debía a este percance del lavarropas, condensado a lo largo de todo el día sin vía de escape.
—Crenchas.
—Sí. Y mientras la mina me lo contaba me daba cuenta que el hecho de rememorarlo intensificaba sus ímpetus. ¡Y los depositaba sobre mí, la muy ingrata! Así que porté vía.
—¿Te fuiste?
—Naturalmente. Y no volví.
—¿Nunca?
—Jamás. Siguieron llamadas telefónicas cada vez más esporádicas, esas formas habituales. Supongo que nunca supo por qué la dejé.
—Moraleja, nunca te enamores por más se setenta y dos horas. Enseñanza, las mujeres viran piruchas en el cuarto día. ¿No? Aprendiste así, querido Puck, que más vale nada de amor.
—Me hacés calentar. Te pedí que dejés la psicología amorosa para tus novelas, nenito. Lo que de veras aprendí es a lavar la ropa a mano en todos los casos, y a sobrellevar más o menos bien la fobia que le tomé a esos aparatos.
—Un final feliz, pues.
—Mirá que yo la quería, H. Pero que una mujer te trate como a un trapo por su propia inoperancia para manejar tecnología de hogar... Esa es mi historia de amor. Yo no tengo un solo signo tuyo en mí, canta Spinetta. Y tiene razón, como siempre.
—Pero la canción sigue, Puck. Oohhh mi amor, sólo cabe luchar.
—Sí, claro. Qué te creés. La nueva química que tenía el amor para mí, de aplicación forzosa en la siguiente relación que mantuve, una chica muy buena y muy rubia, de izquierda, y que me hacía el amor como si yo fuera el mismo Trotsky... En fin, la ausencia, digo, de sentimientos sentimentales, me permitió sabotearle el lavarropas sin el más mínimo remordimiento de conciencia. Así como lo oís: sabotaje. ¿Qué otra cosa es si no la Revolución Permanente? Método: alfiler de gancho en perilla de mando principal. Pero como nada es perfecto en estos tiempos de créditos blandos y planes de financiación, aconteció que su aparato estaba en garantía. Desenlace: técnico especializado, repuestos originales, cinco días de suspenso. La garantía finalmente fue ignorada puesto que al técnico no le hizo gracia lo del alfiler y argumentó corporativamente que no era un defecto de fábrica. Pedazo de pelotudo en un par de veintitrés, el tipo, si los defectos nunca son de fábrica. Monto total: pesos doscientos. Con perilla nueva, volvió al artefacto al hogar de la zurda. No hubo sospechas en cuanto a mí, pero el aparato me había ganado la partida. Comprenderás que yo volví a retirar mis huestes... ¡Mozo! Más whisky. El muchacho paga.
—Eso. Puck Mulligan quiere beber, y cuando Puck Mulligan quiere beber...
—Bebe. Gracias, Kinch.


Comentarios:
Calla, bardo benefactor de bueyes.
No entendí. Pero ni "bueyes" ni "benefactor" ni "bardo" me suenan bien. Callar, bueno... callar siempre es posible.
hmm... es una frase que dedalus teme que mulligan le diga si le hace el favor a deasy (su patrón en la escuela en la que dedalus trabaja) de entregarle a sus amigos periodistas una nota sobre la mejora de cría de ganado o algo así para que se la publiquen en el diario. en otro punto le dice mulligan: "kinch, bardo horroroso". linda palabra, kinch, tiene filo.
hm
Mm. Tu lectura fue entonces más atenta que la mía (o la memoria, o qué sé yo). Sin embargo Mulligan es uno de mis personajes secundarios preferidos de todo el Bloomday. A mí también me gusta mucho "Kinch" como palabra y ni te digo como apelativo, y por eso fue aquí (y el resto de la referencia es, claro, Puck as Buck Mulligan). De modo que bebamos, Halada.
"Me enoja tanta gente que se piensa escritor y así espera que lo llamen. Con mala fe o de la otra, cosa que resulta todavía peor. La verdad no sé si me enojan o me dan risa". Me pasa lo mismo. Me dan más risa que enojo, y me parecen infantiles, esas gentes. Gente que es 99% ego.
¿Tengo que venir hasta acá para contestar un comentario puesto en mi blogue? Será de Dios...
Up, recién ahora veo ahí, a la izquierda, un rectangulito con una dirección de mail. Voy a tratar de acordarme la próxima vez. Salud y felices fiestas.
Ese malhumor variopinto que te baja a quien se colocó en una especie de punto privilegiado, plaaf se lleva todo y bieeen, sobre eso se fabula, se inventa el hecho o se recrea. ¿A quien no le ha pasado? sólo que no es tan sencillo contarlo en un relato, saber contarlo.
Mirada puckiana compartida.
Ibámos en bicicleta, él y yo. En subida (mi culo me pesaba un poco más de lo que esperaba y me estaba poniendo de mal humor, creo), hacia un lindo a hacer un picnic.
Lo miré. Lo miré mirarme. Dio vuelta la cabeza y siguió pedaleando. Yo seguí pedaleando pero supe en ese instante que ya no lo amaba. ¿Cómo puede ser así?¿de golpe, as a masterstroke, se rompió el hechizo y ya? ¿qué fue?
Cada vez que me recuerdo mirándolo me da un escalofrío. Yo lo amaba.
Hace un tiempo vi en ese programa que hace Marina Mariasch (creo que se escribe así) a Bizzio contando que en un libro suyo una mujer se sienta delante del marido, descuidadamente, con las piernas abiertas, sin depilar, y él piensa: se terminó. Me gustó mucho eso. Cómo un gesto minúsculo puede transformar todo, o más bien: puede revelar que está terminado.
Observaciones de agudeza y veracidad onettianas. Las de Puck, las de Daniela y las de Vero. Me recordaron el diálogo de Brausen con su esposa en "La vida breve".
Peor el caso del desterrado por juntar semillas de sésamo a medio metro, metro, metro y medio de distancia con la yema del dedo para llevarlas a su boca. Esa exageración le costó el divorcio o el ánimo disolutorio y legal de la contraparte, exagerada también no?
ahora son felices, pero.
Me gustó la historia, no soy machista y no me parece que todas las mujere sean asi, pero algo de eso hay! no sé si en 72 hs pero si! jajaja, tenés razón habría que hacer otra contando en general , qué es eso que hacen los hombres que nos molesta a nosotras ! Fuera de broma me re gusto
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