Backfeeds: La Placita (8/8)
Por qué no: la leche derramada, entonces. Pero eso sí, ninguna clase de llantos toda vez que el cinismo es mucho más conducente a la hora de cohabitar una ciudad cualquiera.
Y no estaría mal fregar esa blanca emulsión vertida. Su situación —el refugio en La Placita después de Ezeiza, al alcance de la visión de Plaza Italia, la frase absurda, el mercurio, el Cuaderno de Tapas Rojas— se le aparecía ahora como un punto de inflexión o por lo menos de término: la condición de posibilidad, real esta vez, de lo que apenas bromeando llamaba "intervención lavativa", procedimiento generador de un pasado que consistía precisamente en convertir en otra cosa el fluido derramado. Una causa noble, en principio, y quizá viable si lograba en efecto intercambiar un artefacto de vida por otro. "Todo muy lindo", consideró K. bajando sensiblemente su whisky. "Pero desde luego es mucho más fácil nominar las cosas que producirlas."
En verdad, que A. ya estuviera volando hacia España, sin él, lo libraba de lo más punzante que su sentido de la traición arrastraba desde el comienzo: consumaciones tales solían matarle esos pruritos. Algo más liviano y como entre algodones le era posible, ahora, así y ahí, imaginar en toda su envergadura la tal intervención. Por lo pronto consistía en la eliminación de un estado de cosas. Es decir que se trataba de una revolución. Así K. podía distinguir los motivos que la habían vuelto fuerza (causas), el modo en que el proceso debía lavar las circunstancias (acción sobre los efectos), y por último la contemplación y el goce del nuevo orden instaurado (consecuencias). "Si hasta podría abstraerme y simbolizarlo todo como dando clases en el anfiteatro", pensó, satisfecho de sí. Después acabó de un trago su whisky y esperó a que le alcanzaran otro para continuar. Porque restaba lo más importante: determinar con certeza en qué consistía lo pasible de plumazo. Golpeando apenas los dientes maltrechos contra el vidrio del vaso arriesgó mentalmente una primera y vaga enumeración; por las ramas del árbol vio fotogramas en serie: una vida dispuesta según sus más antiguas determinaciones; una petulancia casi siempre encubierta aunque en casos justificada; una empecinada preocupación por los demás enmascarando cristianamente los provechos de conciencia más egoístas; una Facultad entera ("Hay que reconocer que esto ya es casi un hecho", pensó contento pero tomándose un poco el pelo); un cúmulo de bares y lares de tertulia y paraje; un manojo de intereses intelectuales anclados en las ciencias duras, desentusiasmantes cuanto más positivos; una manga de personas, la fauna vernácula de todo lo anterior, alrededor de entrecruzadas relaciones de pareja...
En ese punto K. se cansó convenientemente de la enumeración y las ramas del árbol, muy dóciles, cortaron todo resabio de luz. Pasaba que en el tránsito de un estado a otro era seguro que toda esa gente se resintiría en diversas direcciones. "Lo que se dice patalear", pensó, "patalearán". Así que buscó volver a entusiasmarse en la consideración de lo ya hecho, esta vez esquivando el árbol con cuidado: la vida social nocturna abandonada casi por completo, ahorrando mucho aburrimiento, sin mencionar que ya casi ni se acordaba de intentar recuperar sus profesionales ganas de pasar música (que era en definitiva a lo que se había dedicado desde los quince años con una estabilidad no menos irreprochable que su éxito); determinada literatura estaba finiquitada y sin circulación, incluso en casos prendida fuego; y last but not least la más taxativa de las cosas, que contempló secretamente: el cambio de Facultad (que nadie, ni siquiera A. podía sospechar), arrimando por sí mismo un nuevo ovillo de personas, personajes y filones de interés... o al menos eso era lo que se permitía esperar en su esperanza coja: "Hay que ser un poco optimista", pensó, redondo y falaz. Pero también, irónico: "Es tan absurdo", y entonces el círculo cerró, coagulando de golpe la figura final. Era increíble que no hubiera recordado la fuente de la frase durante todos esos días; era como desconocer un origen; era, nada menos:
"Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito."
Julio Cortázar, Rayuela
Sintió entonces todo como una burla acaso merecida, un sarcasmo sutil ganado a inconciencia pero lo mismo rentable. Y un deseo de veras nuevo le cayó encima, quizá proveniente del árbol. Era así La Placita una salida, una perspectiva posible hacia la constitución de un pasado. De modo que precavidamente K. consultó su reloj con alguna prisa: "Puta, casi medianoche." Había que irse. Se apresuró a pagar las copas, y a dejarle una propina al mozo y una plegaria al árbol. Era huida, fuga: se acababa el 28 de diciembre de 199x y la agradable y suave inocencia de un momento a otro podía trocarse en culpa.


Comentarios:
En un solo post, usted Kaminer redondea disquisiciones para el desquicio y la serenidad. Quiérase o no, uno imagina placitas, amores lejanos, viajes repentinos, paisajes cruzados de soledad loca. A mí las líneas finales me llevan a un no-lugar. Pero todo es absurdo, y de pronto no lo es.
Bueno, V., gracias como siempre. Espero puedas volver de ese no-lugar; autobiográfico y todo, yo pude.
Volví, re-volví y me fui. Si estuvieras frente a mí, te invitaría un durazno...
Y sí. :)
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