Backfeeds: La Placita (4/8)
¿Iré a Ezeiza a darte el bye bye? Sí. Naturalmente. Desde luego que iré. Pero es bastante ridículo, A., es bien absurdo que vaya. Ya sé, el absurdo (palabra para poner en itálica, ésta, vos quizá comprenderías apenas la pronunciara, lo entenderías todo pero lo mismo me exigirías las explicaciones del caso, y por eso ya sé lo que vos sabés o me dirías). Y es así, A., ya te explico: para mí es un error ir y un problema decidir si voy a ir, aunque (otra de cajón para el subrayado, palabra en que se basa, que es mi excusa de primera línea), por más que esté todo el tiempo, a menudo con Puck, tratando de encontrar y hacer valer como forma prioritaria de vida precisamente un liviano absurdo (y hablando de absurdos livianos, A., ayer mismo estuve en casa de Puck porque habíamos arreglado días atrás para ir juntos a una librería platense que exponía en oferta, seductoramente, toda la obra de Verne en traducciones respetables por lo poco que supimos averiguar; me enteré incluso que Puck estuvo durante esos dos días mangueándole guita a todo bípedo conocido que se le cruzara; en seguida comprendí que a mí no me había exigido moneda porque yo iba a ir con él a gastar en la librería las cedidas por los demás. Bueno, entonces ayer me caigo en su casa, preparado para la excursión, y me encuentro a Puck tomando mate con M.L. y una sonrisa que se le alborotaba y se le escurría por encima de la mesa, arrebatado duende tomando mate y con el dibujo en el rostro que indicaba que yo, cuanto antes, debía indagar sobre el motivo de semejante contento goodfellow. ¿Qué pasaba? Pasaba que L. había comprado una nueva pava, una linda y blanca y nueva pava que yo ya había identificado porque Puck la había colocado ostentosamente justo en el centro de la mesa a manera de centro de mesa, la mesa era como un atril con el solo propósito de presentar la nueva pava. Puck pasó a explicarme, embelesado, que (si bien con "cierta profunda tristeza que debía ser nostalgia nomás, qué la parió") había descubierto que a la pava de siempre se le había producido un pequeño agujerito / Cómo / Sí, che, se pinchó, como lo oís / Entiendo / Y L., que me vio tristón y me conoce bien, sin decirme nada se me apareció con esta pava nueva a las tres horas del hallazgo de la pinchadura, avería por la cual, es natural, me sentía harto desdichado. Y ahí la tenés a la nueva / ¿Y funciona? / Cómo si funciona / Claro, si sirve para algo, si anda / Evidentemente hoy estás bajo un mal astro / Digo porque la tenés como si fuera una estúpida planta de adorno en el medio de la mesa del comedor de la casa / L., el platense éste está hablando mal de mi pava nueva. Arrójalo por la ventana / Disculpá, es que me pregunto por qué todavía no me cebaste un mate / Entiendo y te cebo, pero volvés a injuriar mi pava y te parto la vieja en el mate si me permitís el relajado match de palabras / De acuerdo / ¿La miraste bien? / Qué cosa / La pava / ¿La nueva? / Dios querido / Sí, ahí está / Y bien, qué te parece / Una linda pava blanca / Como es una pava nueva, es una pava virgen y sólo por es blanca; dame un par de madrugadas y vas a ver cómo la dejo / Manchadísima de concupiscencia / Pero la pava vieja era más atorranta / No puede ser / Claro que puede, si no por qué se pinchó / Voy entendiendo / Era hora / Siguiendo con la pinchada, ¿dónde está? Entonces, A., tendrías que haberlo visto a Puck que, aprovechando la desaparición de M.L. que se pone histérica cuando hablamos en esos términos y se pone también celosa porque ninguno de los dos le da bola y ella ni pincha ni corta ni blanca ni vieja, tendrías que oír alguna vez a Puck explicando algo del estilo como lo que entonces me explicó: "La pava vieja ya la tengo gallardamente embalada para regalársela a una compañera de la Facultad que siempre me ha admirado y supongo que también deseado bastante, sí, no me mirés así, uno tiene su encanto y sus naifas. La cuestión es que esta chica es tan pajarito y flaubertiana que cuando le regale la pava y le explique, por caso, que ciertos objetos queridos y personales se tienen que regalar como los boletos capicúas, la naifa se meará encima, es seguro." Y entonces para que no continuara pavoneándose aproveché para recordarle lo de la librería y entonces Vos estás loco / ¿Es un cumplido? / Hablo en serio; yo de acá no me muevo / Puck, te estoy hablando de Julio Verne, todo a 4 ó 5 pesos el lomo / Yo de aquí no me muevo en todo el día aunque me hablés de las obras completas de Huxley en plena góndola de supermercado / Habíamos quedado que íbamos hoy / Ni lo sueñes / ¿Y se puede saber por qué? / Tengo pava nueva y me voy a pasar todo el día tomando mate con mi pava nueva / Como un nene con / Exacto / ¿Me puedo quedar? Y me quedé, A., toda la tarde y parte de la noche. Volví a casa como a las cinco de la madrugada harto de mate y de acudir al baño y de llegar a casa y tener que ponerme a pensar si voy a ir a despedirte a Ezeiza. Y como ves, trato, pero no logro quitarle el cuerpo). Aunque todo el tiempo procure ubicarme sobre este sentido-Puck de la vida, acercarme lo más posible a sus pequeños absurdos goodfellow para mi tranquilidad y el propio regocijo del duende, este absurdo, el de caerme en el aeropuerto, y el absurdo de tus valijas, el absurdo de los pañuelos o sus sucedáneos, sin contar el de las palabras... Mal absurdo éste, A., y sé que si me estuvieras escuchando estarías de acuerdo como sé que si llega el día del vuelo y yo no estoy allí te parecerá correcto pero lo mismo me detestarás un poquito más, y te pondrás a pensar que hablar de amor en los aeropuertos resulta estéticamente bastante mal pero también que nos es cada vez más necesario hablar limpiamente de sentimientos en un aeropuerto o en cualquier parte, en La Plata o en Buenos Aires o en Madrid o en Ezeiza. Si yo te contara que quemé mi pasaporte (este ha sido un año de hogueras, realmente), si te lo dijera con la cadencia de un nene que le confiesa una travesura o una perfecta maldad a un compañero de anteriores travesuras y maldades perfectas, si te contara con la voz del ritual como decía el cronopio, sobre quien seguiremos recostándonos juntos como sobre un colchón de resortes inauditos aunque gentiles por más que estés en Argentina o en España y yo acá o allá porque los resortes son fabulosos y estiran amores como el nuestro, nuestro amor que aunque no hablemos de él en Ezeiza (si es que voy; lo estoy pensando) es y será insoslayable por más que tenga la forma que tiene para todos estos argentinitos del carajo que me rodean, estos gilipollas de La Plata para quienes lo que sucede entre vos y yo es una transferencia malsana, estos compatriotas del culo de los que perfectamente me podría haber librado con ese pasaporte que prendí fuego y acudí luego a la comisaría con toda la arrogancia y pedantería que los canas de este país se merecen para hacer la denuncia correspondiente, etcétera.
Sí. Vaya o no vaya (y claro que iré) a Ezeiza y a vos te parezca miserable que no vaya (pero iré, claro) aunque a la vez sientas injusto todo reproche. Aunque me guardes ese oscuro rencor final porque no me subo con vos al avión para ir a vivir felices, curados y librados a la tierra de Don Quijote. Lo mismo continuaré contándote de nuevas pavas blancas y de paredros que no conociste y ya nunca conocerás, de los hermanos Jules y aun de pasaportes que como un Cuaderno de tapas coloradas forzosamente tuve que prender fuego.


Comentarios:
Iba pintando bien la cosa, pero acá te pasaste, che. Allá en la adolescencia tardía 63 me tuvo loca un buen tiempo y vengo y veo acá regocijantes resonancias. ¿Será, pienso ahora, que sólo escribiendo una novela absurda y genial como 63 se puede superar el absurdo infinito de Rayuela? (a propósito: apenas leí la pregunta de apertura recordé aquella con la que empieza Rayuela leída hasta que se clavó en algún lado y sigue diciendo que así se debería empezar, si me disculpás el embrollo con los tiempos verbales).
Me gustan los pliegues que le encontrás a la palabra absurdo: mal absurdo, absurdo liviano. Y el pavo diálogo, y el juego de la vacilación.
Bueno, que me encantó, eso.
La adolescencia remanente, sí, que a mí me cae casi exactamente, como digo, en diciembre 199x. Cortázar me eclosionó muy temprano, luego fue virando hasta ese punto en esa época pero como sea siguió siempre conmigo: siempre entre los más entrañables. Respecto a estos textos, continuarán un poco más entre los dos títulos que decís.
(Oíme, V.: ¿Te acordás de mi errata en El país de la silla eléctrica? Bueno, acá vos restale uno y te queda exacto: 62.)
¡Jua jua! (De verdad me reí a carcajadas y con toda la boca por lo de 63, ese jua jua no le pasa ni cerca, pero qué le vamos a hacer). Por atropellada me pasa. Beso.
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