Backfeeds: La Placita (2/8)

Post de la saga Backfeeds: La Placita x Kaminer, 22.Mar.08
saga: Backfeeds: La Placita | tags: Literatura, Julio Cortázar

Sólo viviendo absurdamente se podrá romper este absurdo infinito, había dicho alguien en algún lugar. Lo que K. no hubiera dicho, lo que no hubiera siquiera pensado, era sentarse precisamente en La Placita; por el momento esto sí era absurdo. Todo iba condensándose desde muy atrás a pesar de que lo sentía tan instantáneo, tan presente como la frase, por caso, o como unas horas antes el avión que ya estaría volando sobre el Atlántico. Aun la ubicación de La Placita en el rombo de la ciudad sugería un orden absurdo, un absurdo deseado en medio del absurdo infinito que había que romper, y quizá por eso K. advirtió que desde allí podía ver la plaza sólo cuando estuvo sentado y dispuesto; en ningún momento K. decidió llegar a La Placita para contemplar ninguna plaza y mucho menos esa en particular (Plaza Italia, claro, aunque el avión seguía la ruta de Madrid, aunque el avión hacía un buen rato que volaba, al menos eso era seguro y absurdo y como fatal).

En lo que se refiere a la frase, K. la venía repitiendo de cuando en cuando desde hacía unos días sin saber muy bien por qué. Hoy, ahora, se había sumado al juego como Je voudrais un château saignant pronunciada por un comensal gordo, es decir tras los guarismos de un azar sugerente o redomado capricho, y recién ahora las palabras habían adquirido todo su sentido, instalado en La Placita con Plaza Italia ahí, muy a tiro, siendo tan absurdo o insensato o idiota sentarse en ese bar, a sesenta metros de Plaza Italia, justamente en ese momento y luego de semejante día. La frase había reaparecido concitando finalmente un sentido, eso era un hecho; bastaba oír a K. repitiéndola en murmullos torcidos —sólo viviendo absurdamente se podrá romper este absurdo infinito— mientras esperaba que le trajeran su whisky. Habituado en insanía a intentar identificar en todo momento la procedencia de cada palabra, K. se absorbió filológicamente en la cuestión de descubrir adónde había sido oída o leída; pero no le alcanzaba la lucidez para determinarlo, al menos no sin su white horse con hielo. Por lo demás era muy probable que se la hubiera oído a Puck, como últimamente ocurría con casi todas las cosas interesantes, aunque eso no resolvía la cuestión dado que tal vez Puck también citaba, probablemente Puck se la había oído a Polanco, y ya que se habla de Polanco y de Puck es seguro que se burlarían de K. en este preciso instante indicándole aburridos que se embebía en precisiones de autor siempre que había algo más importante debajo. Tan de acuerdo en todo todas las veces, Polanco y Puck, desde el día en que el tártaro, ceremonioso, le había presentado al duende

Mi estimado K., éste es mi amigo Puck. Y vos, mi no menos querido Puck, éste es K. Lo referimos apenas por la inicial de su nombre para absorber sentido, eludiendo la H., aun en el conocimiento de que todo sentido adosado siempre es desatinado por más que vaya o que venga. Si total somos todos paredros, ¿no?

Quizá. Hacía mucho de eso pero K. se acordaba de las palabras exactas como si se hubiera tratado de un expediente de circunstancias legendarias hacia un pacto sordo pero revelador para siempre. Sí, claro, cómo no; era muy probable que la frase se la hubiera escuchado a Puck, así como no era imposible que realmente se estuviera distrayendo obviando lo importante de veras. Es decir que otra vez se equivocaba en el juego o de juego, si la frase admitía la estupidez, y en todo caso K. aún jugaba sin la menor conciencia de que la dicción titilante y el sentido de la frase iban a presentarse de golpe junto a otras cosas pasadas pero de pronto tan presentes, el Cuaderno de Tapas Rojas o la botellita de mercurio, la presentación de Puck efectuada inopinadamente por Polanco, la imagen de S. la última noche, la torpeza de ir a sentarse en La Placita recién llegado de la Terminal de Ómnibus de la ciudad de La Plata luego de recién llegado de la Estación de Retiro de Buenos Aires luego de recién llegado del Aeropuerto Internacional de Ezeiza. (Y haber sostenido esa conversación con J., y recordar ahora sus gestos en lugar de la mirada de A., sobre todo cuando no habían hablado sino de A. que ya en ese momento, mientras con J. bebían café como quien juega a las damas, volaba hacia Madrid; y todo a un tiempo, en un instante sofocante de concurrencias, cuando se sentó y reapareció la frase ni bien reconoció el bar y la presencia de Plaza Italia ahí tan cerca, cuando toda una serie de circunstancias se había resuelto en eso que K. no sabía bien cómo llamar y que intentaba referir con la frase absurda, a pesar de que un absurdo no resolviera las cosas y fuera, otra vez, la limpia y repetida aquiescencia de que el lenguaje retrocediera burlón ante las nociones más naturales o al menos más necesarias.

Comentarios:

verano rojo | 23.Mar.2008, 00:19:

¡Son como cajas chinas escritas en tu post! . Kaminer, Kullich o no sé quién es el k y la Placita reluce más allá de los absurdos...

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