Backfeeds: La Placita (1/8)

Post de la saga Backfeeds: La Placita x Kaminer, 19.Mar.08
saga: Backfeeds: La Placita | tags: Literatura, Julio Cortázar
A pesar de andar con pasos lentos, de sonámbulo, de pronto tropecé con una pequeña idea que me hizo caer en un instante lleno de acontecimientos. Caí en un lugar que era como un centro de rara atracción y en el que me esperaban unos cuantos secretos embozados. Ellos asaltaron mis pensamientos, los ataron y desde entonces estoy forcejeando.
FELISBERTO HERNÁNDEZ, El caballo perdido
Claro que no basta, finalmente hay que pensar y entonces el análisis, la distinción entre lo que forma verdaderamente parte de ese instante fuera del tiempo y lo que las asociaciones le incorporan para atraerlo, para hacerlo más tuyo, ponerlo más de este lado. Y lo peor será cuando trates de contarlo a otros, porque siempre llega un momento en que hay que tratar de contarlo a un amigo, digamos a Polanco o a Calac, o a todos a la vez en la mesa del Cluny, esperando quizá vagamente que el hecho de contarlo desencadene otra vez el coágulo, le dé por fin un sentido.
JULIO CORTÁZAR, 62 Modelo para armar
28 de diciembre, Día de los Inocentes 199x

"Sólo viviendo absurdamente se podrá romper este absurdo infinito", me repetía sin recordar, ahora, adónde lo había leído.

¿Por qué me senté en La Placita? ¿Por qué cedí a quedarme en esa mesa de afuera, descansando los pies sobre el pretil que circunda el árbol de la plazoleta, en la exacta posición que me permitía atisbar la imagen de Plaza Italia sin siquiera tener que girar la cabeza para recorrer esa media cuadra de diagonal? (Los interrogantes en forma de intriga retórica eran la punta del movimiento que me regresaría una vez más, asqueado, a la desconfianza cotidiana. Un ejercicio inútil y a veces abyecto ahora que lo que buscaba era comprender, de una vez por todas entenderlo, sin el enfermizo problema del lenguaje en términos constructivistas por decirlo como uno que yo sé. Por eso, lo más liviano posible:) ¿Por qué volví a quemar cierto Cuaderno que reimprimí luego de ya haberlo originalmente escrito, editado, entregado, hurtado y quemado? Es decir, ¿por qué consentí la charla con J. en ese petulante bar de Ezeiza y más tarde su mirada inquisidora a lo largo de todo el viaje a Retiro? Pero la conversación con J. había sido tal vez lo más cartesiano del día y, en todo caso, sólo muy por encima fusionaba J. con lo otro, con lo demás verdaderamente importante, o sea todo lo que ocurrió en estos últimos cuatro o cinco años. La charla con J. de algún modo lo coronaba extemporáneamente, como una cereza de gelatina en la cresta de esas grandísimas copas de helado que servían en aquel resto de R., te acordás, esas que vos llamabas "magnas alejandras" y que te gustaban tanto, a menos que desde un principio lo que llamo con miseria lo otro, lo que llamo lo demás andá a saber si no apenas por pura molicie, comience a ser de una vez por todas aquello y así, así, en lugar —o mejor: en tiempo— de vivir (lo otro) alcance sólo a recordar (aquello), y esto que ansío apenas recuerdo contenga también a la mirada de J. como a tantos otros nombres de mujeres y condenados nom de plume, al Cuaderno de Tapas Rojas, a la frase que no puedo recordar quién escribió o al menos dónde he leído.

Comentarios:

verano rojo | 20.Mar.2008, 01:57:

Ah, vaya con las elipsis, los olvidos, las preguntas, las miradas, todos los ritmos habidos y por haber...

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