3121: La biblioteca de Alejandría

x Rabensteiner, 12.Oct.08
tags: Literatura, Ficciones

Butterflies scared that they're gonna be awake all night long.
(P.: "3121", 3121.)

Menguado el gran imperio tras la muerte de Alejandro, cuando en Grecia toda imagen de gloria era sólo asequible a través de la memoria, el poeta Calímaco fue invitado por Ptolomeo II a trasladarse a Egipto: allí, luego de la batalla de Ciropedia, los primeros sátrapas de la dinastía Lagida gobernaban con la intención de convertir a Alejandría en un gran centro cultural y comercial. Aunque entonces el esplendor de Grecia parecía acabado para siempre, ningún hombre medianamente instruido ignoraba la prosapia que la cultura helénica conservaba en todo el mundo conocido. Ambas culturas habían gozado de estrechas aunque no siempre fraternas relaciones durante mucho tiempo, y Ptolomeo comprendió, como lo había hecho su padre, que debía proveerse de sabios griegos si deseaba llegar a contemplar el brillo que ambicionaba para su proyectada ciudad.

Calímaco fue llamado junto a un selecto grupo de compatriotas; a todos se les prometió un holgado pasar, pero a Calímaco le reservaban el honorable puesto de principal curador de la biblioteca de la ciudad. El poeta, sopesadas cada una de las alternativas, finalmente empacó su saco de cálamos y mudó a Alejandría.

Desde los primeros años de juventud su vida había estado dedicada a la poesía y el conocimiento; en Egipto no requerían otros afanes. Los materiales eran los mismos, sus habituales técnicas de escritura eran originarias de la región donde ahora residía. Más: aquí se lo trataba como un hombre eminente y vivía con desahogo los breves momentos que su ocupación le dejaba libres. Lo agobiaba un poco, empero, que siempre hubiera algo que leer o traducir, recopilar o clasificar. Ptolomeo no escatimaba fondos en su busca de jerarquía cultural, de modo que casi a diario llegaban hasta Calímaco pequeñas caravanas de hombres de dudosa traza, las más de las veces provenientes de Antioquía y Tarso. Sin embargo el origen real de cada uno de los rollos ofrecidos por los comerciantes eran oscuros enigmas que se resolvían tras largos estudios filológicos. Calímaco despachaba tan rápido como podía a estos viajeros y de inmediato ponía en funciones a sus dependientes. Uno tras otro y con gran cuidado, los nuevos ejemplares eran introducidos en los depósitos como reliquias sagradas. Y estas cámaras solían resultar pequeñas; también allí, todas las mañanas se depositaba la provisión de balas de papiro que se estimaba necesaria para la jornada. Generalmente los chartes desaparecían con la caída de la tarde, pero si la noche llegaba y el depósito continuaba atiborrado era señal de que el trabajo empezaba a atrasarse. Calímaco reprendía a sus sirvientes cuando así sucedía; el tiempo era algo que siempre resultaba escaso, y las complicaciones surgían de continuo: balas de deficiente papiro, inadmisiblemente pardo, solían arruinar sus anotaciones críticas y los trabajos de catálogo; eruditos usuarios de la biblioteca le llamaban la atención sobre el mal estado de un ejemplar, solicitando nuevas copias; etcétera.

La principal labor de Calímaco desde que dirigía el Museion consistía en la recopilación y filiación de toda la literatura griega conservada; a esta faena le reservaba las mañanas. Las tardes las destinaba al trabajo en el depósito. Más arduo era determinar a qué dedicaba sus noches.

Reputado poeta griego, respetado bibliófilo director, los vecinos lo contemplaban encerrarse en su cámara y descontaban, entre satisfechos y maravillados, que las musas del norte serían invocadas en la penumbra para la gloria de Egipto. Calímaco pegaba lumbre a la antorcha que se erguía entre su lecho y la silueta de Calíope que había viajado con él desde su tierra natal, y apenas un momento después el ámbar de su orín sobre los ocres de la representación de la musa constituía una silenciosa hecatombe que se le antojaba ineluctable.

Comentarios:

ojaral | 12.Oct.2008, 22:44:

Qué maravilla que una prosa tan engolada que recuerda a la de Guillermo de Torre, concluya de manera tan sorpresiva. A eso le llamo yo un acto de iconoclastia (me acordé de Sartre meando la tumba de Chateaubriand).

Saludos.

Tamarit | 13.Oct.2008, 00:39:

Sé que es por el tema, pero me acordé: Adolfo Pérez Zelaschi, "De los pequeños y los últimos", libro de cuentos. Hay uno que desentona, para bien, del resto, sobre el itinerario de un manuscrito antiquísimo a lo largo de los siglos; su triste fin es irrisorio.

Saludos.

PS: me gusta más este tono "aclarado" para tus prosas. Defecto de lector rápido.

bruja | 13.Oct.2008, 15:51:

Descubrí este blog a partir del blogroll de Ojaral. Es exquisito! Me encantó este relato, voy a seguir leyendo...

Un beso

street trilce | 14.Oct.2008, 03:33:

Mitológicamente.

Y lo que pondero es que el final se deslize armonizando con el relato. Recondeado texto.

Gran salute Rabensteiner.

Puck | 15.Oct.2008, 12:35:

"Prosas", cuando la paladeo así sola, me parece una palabra hasta un poco guaranga. A mí me gustaría poder cambiar de tono como de calzoncillos, digamos... de modo que a cada vuelta puede suceder que el boxer del caso les parezca bien —y me alegra, ya saben, al menos hasta que elijo otra tela y todos quedan un poco como mirando al techo.

Eso respecto a las guarangas. En cuanto, por fin, a lo dicho: mear la musa es un guiño más. Siempre en la comisura del ojo.

Y ya andaré por lo de Rita, Bruja.

Saludos, besos y salutes.

Pablo | 17.Oct.2008, 14:41:

A mí lo que me maravilla es que una prosa tan engolada sea introducida por una cita de Prince que habla de mariposas insomnes...

Nuevo comentario: