Gebel
Gebraíl y su carro sobre las calles turísticas de El Cairo, paseando intrigantes inglisi por la ciudad buena que, según su mujer en el barrio árabe, no es más que desierto disfrazado. Recibe tenso las propinas que le entregan presuntuosas franks de caras horribles, los ojos puerilmente agrandados por emplastos desfondados de rímel. Esos ojetes en los rostros femeninos europeos le recuerdan los agujeros que antaño horadaban sus cabras en la arena para dar con los tréboles blancos de la supervivencia. Recuerda entonces, Gebraíl, impenitente, todas y cada una de sus blasfemias. Recuerda sobre todo, Gebraíl, las caras desencajadas y temerosas de los vecinos que lo encontraron una mañana tirado muy lejos de su casa, azulado de frío, casi muerto, cuando tenía su tierra, hace tanto, tenía unas cabras, tenía su casa y hasta vecinos de fe. Así como el ángel del mismo nombre le dictó el Corán al Profeta Mahoma, él había regado esa noche la Creación toda y no había sido fulminado. Esa noche había maldecido a Alá y meado el desierto con la esperanza de ofender lo que no puede ser ofendido. [...] sigue>

