Marca de agua
Solía concedernos Rabensteiner, tan honesto, la colorada envidia que lo asoló cuando dio por primera vez con la Serenata de los Paranoides en el deslumbrante segundo capítulo de La subasta del lote 49. Asimismo aceptaba que su deseo malsano de apropiación seguía latente, ya morado, cada vez que se recordaba músico y empuñaba la guitarra como quien actualiza una pericia de las más viejas. Cuando raramente era el caso y cedía a esa conciencia de sí, la más transparente; cuando vencía esa primera náusea con algún resto de voluntad, recostaba el mástil sobre un muslo y abría un pentagrama digital en la PC para constatar entre resignados intentos la imposibilidad, menos moral que profesional, de alinear estrofas semejantemente despojadas valiéndose tanto de notas como de letras, fuera sobre el original inglés o la traducción de Moya. [...] sigue>

