El sino de Dixon
El compañerismo propiciado por la cerveza, he aquí el verdadero destino de Dixon sellado de una vez y para siempre durante su adolescencia, en Durham, a pesar del lastre heredado del negocio del carbón, la agrimensura adquirida debido a una codiciosa rebeldía y el placer por los dibujos acuñado durante largas tardes de encierro. Tres ocupaciones que lo encontraban cada noche entre las jarras de El Lebrel Gris, acaso, cuando no en las tinieblas jamás ventiladas de El Tigre. Tabernas en las que se hablaba del difunto padre minero (propietarios, estibadores, timoneles; contratos, tarifas, arriendos; gabarras, tolvas, vagonetas) o de los primeros pasos del hijo como oficial agrimensor (jalones, brújulas, zurrones; agujas, alfileres, plomadas; masillas, lápices, papeles) pero jamás de los dibujos entonces secretos de Jeremiah: la manipulación de las tintas (moliendo, levigando, mezclando), la dosificación exacta de colofonia (cálculo, proporción, mixtura) para la obtención de los colores correctos (oropimente, cardenillo, añil). Sólo dibujando avizoraba Dixon una coartada posible, en particular el trazado minucioso del mapa de un mundo al que podría huir si fuera necesario. Se trataba de un planeta del que había delineado mares y montañas, manantiales y volcanes, poblados y ríos, praderas y carreteras. Si la contingencia daba con él no lo encontraría sin mapa; allí Dixon jamás se sentiría perdido. [...] sigue>

