De sombreros y calzoncillos
x Kaminer, 10.May.08

Leo a veces con entusiasmo tanta cosa a tiro. Otras veces leo cuando no tengo ganas de nada; no sé si eso son ganas de leer. La relecturas por lo general me exigen largas citas.

Me acuerdo: estaba de espaldas, sudando, deshecho. Gemía despacio, con sacudidas bruscas que me exasperaban por un exceso de piedad, una piedad que acababa en cólera al verlo tan vencido, tan sordamente entregado.
Le lavé la cara con algodón y alcohol, lo enderecé, refrescándole las muñecas y los dedos, dándole masaje en los brazos. Ahora gemía menos, me miraba con cariño, un poco avergonzado, el pelo cayéndole por la frente. Lo peiné, lo hice instalarse cómodamente entre las almohadas. Olía a sudor y a ácido, a un comienzo de suciedad, como cera rancia. Cuando le traía café con leche y empezaba a dárselo en cucharaditas, la sangre le saltó de la nariz, un chorro incontenible. Tuve que echarle la cabeza hacia atrás, taponarlo con algodón; y los dolores volvían, y estaba como exasperado y espantado.
Después, aprovechando que tuve que irme dos días de Buenos Aires, entró en lo peor de su enfermedad y tuve el tiempo justo de verlo morirse una noche de salvaje luna blanca sobre el patio.
Me recuento esto porque cada día tengo más asco de nuestras amistades condicionadas. No creo que muchas resistieran una semana de convivencia física, de llevar trapos mojados, de enjugar vómitos.
Alguien me dice: "Me resultan inaceptables las amistades intelectuales." Sé muy bien lo que busca expresar. Quiere amigos, no colegas. Pero aún así, qué distancia a la amistad. En Buenos Aires yo no podría (porque sé que no debo) llegar de sopetón a la casa de mi mejor amigo; hay que telefonear primero, ceremoniosamente. Además no se debe buscar dos días seguidos al mismo amigo —por eso tenemos tres o cuatro y los turnamos, y nos turnamos—; probablemente la segunda visita sería aburrida. Cambiando apenas un dicho italiano: L'amico è come il pesce: dopo tre giorni, puzza.
La segunda visita es aburrida porque la primera sirvió y sobró para la ejecución de la función amistosa: viz, para intercambiar todas las informaciones y pareceres canjeables, agotar juntos un espectáculo o una música, y gozar del cariño viéndose. Como baterías descargadas, hay que esperar cuatro o cinco días a que la tensión retorne. "¡Pero qué ganas de verte!" Aquí llamamos discreción al montaje habilidoso de la indiferencia. Me asombra advertir que mi mejor amigo me quiere en el fondo sin saber por qué; por lo irracional del cariño, y por los fragmentos personales que le confío. Lo peor es que evitamos con elegancia, deportivamente y con una gran belleza, esas mostraciones de piel viva que cabe englobar en la atroz palabra confidencias. Pensar que ciertas cosas capitales en la vida de mi mejor amigo, las sé por terceros. Y aquí se roza el terreno de la especialización: no es raro que a otro (nada íntimo, por lo regular) le contemos sin temor lo que al amigo se calla. Hay un estante para sombreros y otro para calzoncillos.
No creo en los que tutean a los diez minutos y se tupac-amarutean una mujer a las dos horas. No creo en las confidencias, en la sexualidad verbal entre copas. Tuve pruebas de que vale menos que nuestra hidalga técnica del compartimiento estanco.
Sólo duele verificar, en plena compañía, tanta isla insalvable.

Julio Cortázar, Diario de Andrés Fava (1950).

Comentarios (3)
P-maniacas /8: The Traveling Botas
Post de la saga P-maniacas x Puck, 07.May.08

En 2004, fantasma póstumo, George Harrison se gana un lugar como solista en el Rock 'N' Roll Hall of Fame y allí se juntan su hijo, Tom Petty, Jeff Lynne y... Prince para tocar en vivo la celebérrima "While My Guitar Gently Weeps". Un par de horas antes de eso el mismo P., fantasma precoz, había agradecido con discurso y mini-show su propia entrada en el afamado museo. Pero de ese 15 de marzo no se recuerda su versión de "Kiss" o "Let's Go Crazy" sino el gran solo de guitarra que metió entre los demás para homenajear a Harrison.

Quien lo recuerda por ejemplo hoy es Diego, de Amor Entintado, con el correspondiente tube en el satélite Tumblr de su blog: Puchero de tinta.

Como coleccionista maniaco de toda nota que P. haya tocado solo o en compañía (y que alguien tuvo el buen tino de grabar, por derecha o izquierda), pienso que se trata de una de las más espectaculares performances en vivo de P. con su guitarra a la Hendrix. Son estas apariciones, muchas veces desconocidas, las que se me antojan exactas justificaciones de la figura del fulano como un músico enorme. Por lo demás, vale la pena mirar entero el video que linkeo, aunque más no sea para verificar la cara de fastidio y consternación del buen Petty cuando el petiso insolente de sombrero rojo entra en escena y lo hace desaparecer. Eso, y el entusiasmo de Dhani Harrison, y la evaporación de la guitarra tras el coito consumado.

Comentarios (6)
Método Horkmberg: enunciación final
Post de la saga Método Horkmberg x Rabensteiner, 30.Abr.08

El Método Horkmberg consiste en recordar aun lo que no sucedió. Usualmente es gran engranaje para antropólogos, historiadores y novelistas. Pero ocuparse de lo que no sucedió es ruina, y para ruina nos alcanza con lo que sí pasa.

Comentarios (4)
Método Horkmberg /2
Post de la saga Método Horkmberg x Rabensteiner, 26.Abr.08

Ya que el aura de la obra se extinguió hace tiempo como un sometido fantasma, dado que su aquí y ahora es apenas sospecha periodística de su dónde y cuándo, siendo que su fundamento cultual pervive si acaso por fuera de la mirada muerta del espectador, me duele tanto que esta imagen no consista en la manifestación irrepetible de una lejanía y por eso sobreactúo la ironía de un malcriado: diseño en PC unos volantes que sólo contienen esta otra foto de celular. Un poco vibrantes pero muy precisos se ven uno de los hombros desnudos de ella y un codo de camisa que reconozco mía. Su hombro, mi codo y, claro, el mechón de pelo, todo muy junto y sin espacio sobrante en el medio. Como una travesura candente de control evito cualquier contravención incluyendo el epígrafe: "No arroje este papel en la vía pública" y reparto los papelitos en los puntos neurálgicos.

Días atrás, cuando el titular de la cátedra le preguntó abriendo el examen si había preparado tema especial, ella dijo casi temblando: Sí. Sobre El arte en la era de la reproducción técnica, de Bajtín. Esta noticia fue mi primera prueba de que ella no está boicoteando mi Método. Simplemente lo desconoce.

Comentarios (2)
Método Horkmberg /1
Post de la saga Método Horkmberg x Rabensteiner, 23.Abr.08

Se trata de una foto muy de ahora, un jpg tomado con celular o así nomás con una cámara digital. Los colores son aberrantes, pero se la reconoce fácil a pesar del gorro de coya, un poncho, dos dientes pintados de negro y en las manos un cartelito ilegible. Encaja una cara como imitando a Séneca, muy seria. El único descuido de producción parece ser un mechón de pelo que cede sobre la mejilla derecha. Me ha informado que la foto tiene su origen en la pausa de una mañana de estudio.

Más tarde soy yo quien intenta justificaciones. En estos casos no sé qué decir, dice ella, o sea miente porque evidentemente sabe. Imaginar todos sabemos, silencio, y me decido por el Método Horkmberg y en adelante lo aplico.

Comentarios (1)
La función de los días
x Rabensteiner, 19.Abr.08

Sin mucha gana de ninguna cosa y respirando humo como nunca, camino hacia casa oyendo en mi LifeDrive la nueva caja de rarezas de los Eels bajo la vaga premisa de que hay que ir oyendo siempre de todo un poco independientemente de que el box set incluya versiones de "If I Was Your Girlfriend" y "I Could Never Take the Place of Your Man". En la pausa de silencio entre dos temas me llega otra música y pispeo hacia el cordón desencampanándome los auriculares. Una chica de no más de 20 años está lavando su Ka con felicidad evidente; el auto tiene las puertas abiertas y "Camafeo" de Spinetta llena buena parte de la cuadra.

Por cosas así sospecho que a mí el libre albedrío no me funciona del todo bien.

Nada de clásico: "Camafeo" siempre será una canción moderna.

Comentarios (10)
Birladas /15: Moby y su búsqueda de la palmera pindo
Post de la saga Birladas x Puck, 15.Abr.08

No es novedad que existen platenses que detestan las palmeras pindo como flora ornamental urbana. Ese odio excede en su objeto a los eventuales empleados de cierta repartición provincial que se obstinan año a año en tabularlas en los presupuestos mensuales. Los afanos de estas plantas en los espacios públicos son a esta altura tópicos de temporada y se disponen en una serie a veces velada y atómica, a veces furiosa y epidémica. Es tan natural para los vecinos de La Plata salir a la calle y encontrarse esas ridículas palmeras ahí en la plazoleta, ahí en la rambla de la avenida, como tomar nota, aburridos, de su flagrante falta al día siguiente. Lo cierto es que el único que se lamenta por estos repetidos hechos de vandalismo es el Director de Espacios Verdes y Arbolado local. Y no es que se lamente mucho, tampoco, porque el funcionario advierte más tarde o más temprano que así las cosas no tiene que forzar su competencia y buen gusto a la hora de pautar el próximo presupuesto. Las palmeras pindo no son más velozmente choreadas que repuestas.

De las pandillas encaprichadas con estas plantas, en cambio, no se sabe mucho. Suele juzgárselas con indulgencia porque al fin y al cabo una palmera pindo no es muy necesaria para ninguna cosa, sin mencionar que el metálico que se obtiene con la reventa de un mal transplante es más bien escaso. Afanos de esa calaña, por lo papafritas, no hacen sino despertar la curiosidad de los platenses aun en una época tan proclive a la denuncia de inseguridad. Pero la imaginación se desata, se sabe bien, más fácilmente que la justicia social. Hay los platenses herméticos que deslizan que robar las palmeras de las más importantes diagonales de La Plata tiene sin mucha vuelta su espesor semántico; hay los platenses sagaces que comentan el provecho comercial que el asunto entraña para los viveros de la zona inscriptos en el registro de proveedores estatales; y hay los platenses oficiosos, poquitos pero los hay, que arriesgan detalles inéditos sobre la factura de las pandillas de conciudadanos recolectores de palmeras pindo. Son estos últimos quienes revelan que todas esas hordas le deben lealtad a un único líder capitalino. Dicen que este paladín se deja llamar "Moby" y que el nombre no lo irrita aunque se trata de un joven y afanoso inmigrante boliviano. Dicen que no es odio ni lucro lo que lo impulsa sino una búsqueda. Dicen que el padre de Moby es traficante de palmeras pindo y que fugó a la Argentina tras la deforestación casi total del Valle de Los Yungas.

Dicen que Moby busca una palmera como Ahab buscaba esa ballena.

(Texto re-posteado debido a la caracterización de "inequívoca Birlada" que cierto lector atento nos hizo llegar. A él nuestros agradecimientos y simpatías.)

Comentarios (7)
Yo podría vivir esa literatura, dijo mi paredro
x Puck, 12.Abr.08

Yo podría leer esa pecera, nos conformábamos hace tiempo durante las primeras maniobras con Donde yo no estaba. Y fue eso, hace más de un año, lo primero que en Cohen me regresó a Cortázar —vía el al menos para mí famoso relato "—Yo podría bailar ese sillón —dijo Isadora", de La vuelta al día en ochenta mundos. Con la Duncan siempre en el margen y cinco libros de Cohen después desemboco en el último (re)publicado, Impureza, y en la página 27 encuentro a Neuco preguntándole a Verdey en la estación de servicio Gasomel: "¿Sabés bailar un coche? ¿Un cigarrillo? ¿Un sillón? ¿Un vaso de leche?" Treinta páginas adelante Verdey ya le aseguraba: "Yo te voy a bailar un coche, amorcito, si querés te bailo el atardecer, un barco a vela, te bailo una ciruela."

Los paredros de todos modos seguimos, a lo sumo, leyendo peceras. Y viviendo literaturas, acaso, buscando formas de postular que todo es literatura sin que sea una frase que por fuerza le cae adentro si es que no existe mínimamente un afuera.

Comentarios (4)
Backfeeds: La Placita (8/8)
Post de la saga Backfeeds: La Placita x Kaminer, 05.Abr.08

Por qué no: la leche derramada, entonces. Pero eso sí, ninguna clase de llantos toda vez que el cinismo es mucho más conducente a la hora de cohabitar una ciudad cualquiera.

Y no estaría mal fregar esa blanca emulsión vertida. Su situación —el refugio en La Placita después de Ezeiza, al alcance de la visión de Plaza Italia, la frase absurda, el mercurio, el Cuaderno de Tapas Rojas— se le aparecía ahora como un punto de inflexión o por lo menos de término: la condición de posibilidad, real esta vez, de lo que apenas bromeando llamaba "intervención lavativa", procedimiento generador de un pasado que consistía precisamente en convertir en otra cosa el fluido derramado. Una causa noble, en principio, y quizá viable si lograba en efecto intercambiar un artefacto de vida por otro. "Todo muy lindo", consideró K. bajando sensiblemente su whisky. "Pero desde luego es mucho más fácil nominar las cosas que producirlas."

En verdad, que A. ya estuviera volando hacia España, sin él, lo libraba de lo más punzante que su sentido de la traición arrastraba desde el comienzo: consumaciones tales solían matarle esos pruritos. Algo más liviano y como entre algodones le era posible, ahora, así y ahí, imaginar en toda su envergadura la tal intervención. Por lo pronto consistía en la eliminación de un estado de cosas. Es decir que se trataba de una revolución. Así K. podía distinguir los motivos que la habían vuelto fuerza (causas), el modo en que el proceso debía lavar las circunstancias (acción sobre los efectos), y por último la contemplación y el goce del nuevo orden instaurado (consecuencias). "Si hasta podría abstraerme y simbolizarlo todo como dando clases en el anfiteatro", pensó, satisfecho de sí. Después acabó de un trago su whisky y esperó a que le alcanzaran otro para continuar. Porque restaba lo más importante: determinar con certeza en qué consistía lo pasible de plumazo. Golpeando apenas los dientes maltrechos contra el vidrio del vaso arriesgó mentalmente una primera y vaga enumeración; por las ramas del árbol vio fotogramas en serie: una vida dispuesta según sus más antiguas determinaciones; una petulancia casi siempre encubierta aunque en casos justificada; una empecinada preocupación por los demás enmascarando cristianamente los provechos de conciencia más egoístas; una Facultad entera ("Hay que reconocer que esto ya es casi un hecho", pensó contento pero tomándose un poco el pelo); un cúmulo de bares y lares de tertulia y paraje; un manojo de intereses intelectuales anclados en las ciencias duras, desentusiasmantes cuanto más positivos; una manga de personas, la fauna vernácula de todo lo anterior, alrededor de entrecruzadas relaciones de pareja...

En ese punto K. se cansó convenientemente de la enumeración y las ramas del árbol, muy dóciles, cortaron todo resabio de luz. Pasaba que en el tránsito de un estado a otro era seguro que toda esa gente se resintiría en diversas direcciones. "Lo que se dice patalear", pensó, "patalearán". Así que buscó volver a entusiasmarse en la consideración de lo ya hecho, esta vez esquivando el árbol con cuidado: la vida social nocturna abandonada casi por completo, ahorrando mucho aburrimiento, sin mencionar que ya casi ni se acordaba de intentar recuperar sus profesionales ganas de pasar música (que era en definitiva a lo que se había dedicado desde los quince años con una estabilidad no menos irreprochable que su éxito); determinada literatura estaba finiquitada y sin circulación, incluso en casos prendida fuego; y last but not least la más taxativa de las cosas, que contempló secretamente: el cambio de Facultad (que nadie, ni siquiera A. podía sospechar), arrimando por sí mismo un nuevo ovillo de personas, personajes y filones de interés... o al menos eso era lo que se permitía esperar en su esperanza coja: "Hay que ser un poco optimista", pensó, redondo y falaz. Pero también, irónico: "Es tan absurdo", y entonces el círculo cerró, coagulando de golpe la figura final. Era increíble que no hubiera recordado la fuente de la frase durante todos esos días; era como desconocer un origen; era, nada menos:

"Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito."
Julio Cortázar, Rayuela

Sintió entonces todo como una burla acaso merecida, un sarcasmo sutil ganado a inconciencia pero lo mismo rentable. Y un deseo de veras nuevo le cayó encima, quizá proveniente del árbol. Era así La Placita una salida, una perspectiva posible hacia la constitución de un pasado. De modo que precavidamente K. consultó su reloj con alguna prisa: "Puta, casi medianoche." Había que irse. Se apresuró a pagar las copas, y a dejarle una propina al mozo y una plegaria al árbol. Era huida, fuga: se acababa el 28 de diciembre de 199x y la agradable y suave inocencia de un momento a otro podía trocarse en culpa.

Comentarios (3)
Backfeeds: La Placita (7/8)
Post de la saga Backfeeds: La Placita x Kaminer, 03.Abr.08

De manera que La Placita y A. y Puck Robin, V. y su could you be, la encrucijada flagrante de la 6 y la 43 con la tangencia secante de la diagonal 74 como un manchón de mercurio y así la charla con J., Plaza Italia y entonces S. en el Cuaderno de Tapas Rojas. Participando y coagulándolo, sólo viviendo absurdamente se podrá romper este absurdo infinito: posibilidad siempre, sólo probable, y quién diablos había escrito la frasecita esa. Rezumaba mucha melancolía en el fondo de tanta cosa panorámicamente escudriñada ahora: la sospecha rabiosa de que todo podría haber resultado muy bien, que había terminado mal cuando podría haber andado muy bien sin mayores dificultades, y que eso había volcado la copa como el viento un jardín primitivo. "Eso", se dijo K. "Ahí está el maldito tumor."

¿Meramente la leche derramada, entonces?

Comentarios (0)
Backfeeds: La Placita (6/8)
Post de la saga Backfeeds: La Placita x Kaminer, 31.Mar.08

Sólo viviendo absurdamente se podría romper el infinito absurdo, pero ¿esto era vivir absurdamente? K. sonrió con ironía y siguió bebiendo como un payaso. Según fama, un epíteto posible para ciertas mujeres muchas veces es ése: una mujer bien puede resultar absurda. K. podía ensayar abordajes de esta calaña y pensarlo así aunque más no fuera para ver qué resultaba. Y por caso lo ocurrido con V. era definitivamente absurdo. "Es incontrovertiblemente absurdo que una mujer te trate como a un canalla cuando antes... y sin ninguna razón... A no ser, por supuesto, que la razón la tenga ella." K. se detuvo y otra vez la sorna era simple mascarada de irritación. "Lo que estoy construyendo es una triste galería de mujeres, o peor, un imbricado saudade lleno de nombres, y lo hago porque estoy atrapado y de mal humor, y quizá también porque soy un ingrato de mierda."

No, pensé esa noche caminando solo y despacio hacia casa, esquivando los brillantísimos fulgores naranjas que se cruzaban de vereda a vereda en las calles más oscuras. No es ingratitud, V., aunque me lo digas mirándome de ese modo y yo te dé la razón. Es una blanca bronca porque las cosas podrían haber sido distintas sin mayor ambición o capricho; lo sórdido se instala antes, o después, cuando no hay nadie a quien echarle verdaderamente la culpa. Lo que te vuelve absurda ahora es quizá lo absurdo que terminó por agotarme. Yo te llamaba la pelirroja, la pelirroja Baby V. Te apareciste en mi vida tan de golpe y con tanta sorpresa. Y fue en un bar, claro, sitio de tránsito, siempre desencadenantes. Un enamoramiento fatal, casi instintivo. Yo tenía fuerzas hasta para alejarme de mí. En el Principio fue el Verbo, y fue hermoso en el principio.

"Y sin embargo ya ves, ahora me decís que soy un patán." Un patán, pensó con el paladar. No demasiado injuriado, K. consideró que de todos modos le estaba dado pensarlo con cierta calma, bajo una noche cargada de nubes. "Tan seductor para mi yo más ostentoso: En la misma semana que te conocí Prince estaba lanzando al mundo su The Beautiful Experience, el primer disco editado con su nuevo nombre. Yo había tenido en mis manos el artículo donde Prince explicaba que Prince había muerto naciendo un nuevo Prince —O(+>— que ya no se llamaba, que ya no era Prince. Fue realmente estimulante conocerte entonces, pero también tan arduo alcanzar las excentricidades de un yankee talentoso aun en sus caprichos marketineros. ¿Por qué no pude yo también cambiarme el nombre, matar mi pasado, dejar de ser este que soy y enamorarme de vos, rebautizándome Puck de una vez por todas y para siempre o al menos por un ratito? ¿Por qué no pude comenzar a ser Puck y me embarré pergeñando un nuevo paredro? Seguí siendo simplemente K., y lo único sensato (i.e.: absurdo) que hice fue regalarte una copia de la edición limitada de The Beautiful Experience que por lo demás consistía en siete variaciones de un solo tema, "The Most Beautiful Girl In The World", exactamente lo que yo sentí cuando te desnudé por primera vez. Hacerte el amor fue entonces Beatutiful, Staxowax, Mustangmix, Flutestramental, Sexy Staxaphone & Guitar, Mustangmental y al final The Most Beautiful Girl In The World en su versión original, definitiva."

¿Definitiva? Minga: mes y medio más tarde uno de los absurdos más absurdos del Absurdo había sucedido, uno de los primeros absurdos a romper en caso de lograr vivir absurdamente. K., sentado con el cuerpo relajado en La Placita, carecía de fuerzas para nombrarlo, obturado por una especie de pudor ajeno. Los planes de la mudanza a Madrid se habían superpuesto con algo de todo eso, y España adquirió en su momento, una vez más, toda la forma de una verdadera salida, de una contundente fuga. "Pero eso ya es A. y el pasado, el espectacular pasado con A. que tomó de golpe la forma de un posible futuro europeo... Y ya ves, V. Acá estoy, en La Placita. Al final me quedé en esta city, la que vos usás cuando se te antoja para cruzarte conmigo y tirarme a la cara tu tan razonable por qué... Bueno, mirá, V., las cosas me estaban superando, y hubo que superar a las cosas. Sin que lo sospechase y muy lejos de pensar que te lo merezcas, tuve que meterte en la misma bolsa que las otras, junto a todas las demás y a una serie de circunstancias. Y el paquete lo dejé sobre el banco de una plaza cualquiera, no la Italia, en una noche parecida a ésta. O al menos eso es lo que me gusta pensar, imitando a alguien."

Comentarios (1)
Backfeeds: La Placita (5/8)
Post de la saga Backfeeds: La Placita x Kaminer, 29.Mar.08

"Más bien es idiota", pensó K., y todo fue cediendo en su mirada hacia Plaza Italia, paisaje que desde La Placita, en 8 y 43, parecía una torpe y redundante postal vista de lejos. Aquí las relaciones eran fáciles y perceptibles; al margen del motivo por el cual cedió a sentarse en este bar, era comprensible que al contornear la plaza pasara como por un caño al Cuaderno de Tapas Rojas y el cuaderno suscitara a su vez un manojo de imágenes un poco vagas o quizá indeseables. Y aun evocando el mercurio en vez de directamente a S., aludiéndola plástica y plateada, la conexión era fuerte e inmarcesible. De modo que tal vez sí fuera antes idiota que absurdo, aunque al mozo la cuestión le resultara indiferente y dejara el whisky sobre la mesa sin visibles gestos peyorativos. K. bebió con ganas suspirando y negando el suspiro de inmediato, dejándose resbalar un poco en la silla de lona no tanto en busca de comodidad como para deformar en un par de grados o segundos la imagen de Plaza Italia y comprobar si de ese modo las cosas no se volvían tan hurañas. Una treta conocida popularmente como cambio de punto de vista; a lo mejor se trataba apenas de alternarlos, entonces. "Ah", pensó K., "si fuera posible, si al menos pudiera darme contra las cosas desde una óptica más rigurosa... o más simpática, quién sabe. ¿Pero cómo fingir que no pienso en ella, cómo no sospechar que debería haber tomado la 6 hacia su casa para comunicarle las buenas nuevas y cómo, sobre todo, pensar limpiamente en ella sin sentirme injusto con A.? Esto tendría que ser un mero-mero sin más: A. se fue a vivir a España sin mí, hace un rato me despedí de A. en Ezeiza y ahora, bebiendo debajo de este bucólico árbol de mis pelotas, debo añorarla a ella aunque más no sea por los buenos modales de rigor. Y no, nada: el mercurio y S., testigo de sal. Pero ojo porque capaz en el fondo es lo mismo y pasar de una a la otra o de la otra a la una es solapadamente referir a todas las demás".

V., por ejemplo. "Y he aquí otra vez el yeite del Casanova."

Comentarios (5)